El hijo del jefe de la mafia patea y golpea a todas las niñeras, pero besa a la pobre criada nueva.

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PARTE 2: La mansión donde alguien quería destruirlo

En pocas semanas, la vida de Camila cambió por completo.

Pasó de dormir en un cuarto húmedo a vivir en una suite con vista al Bosque de Chapultepec. Tenía ropa nueva, una tarjeta para comprar todo lo que Leonardo necesitara y un chofer que la llevaba al hospital para visitar a su madre.

Pero el lujo no le daba paz.

El personal de la casa la miraba con desprecio, especialmente la señora Elvira, el ama de llaves. Era una mujer seca, elegante y fría, que llevaba años trabajando para la familia Duarte.

—Una sirvienta no se convierte en señora por ponerse ropa cara —le dijo una tarde, mientras acomodaba copas de cristal.

Camila no contestó.

Solo siguió cuidando a Leonardo.

Con paciencia, logró pequeños milagros. El niño empezó a dormir mejor. A veces señalaba lo que quería en vez de romperlo. Una noche, mientras armaban torres con bloques, susurró por primera vez:

—Cami.

Camila lloró en silencio.

Matías también cambió. El hombre temido que antes desaparecía por noches enteras comenzó a llegar temprano. Se quitaba el saco, se sentaba en el piso y miraba a su hijo jugar. Al principio no sabía cómo hablarle. Camila le enseñó.

—No le ordene que deje de llorar —le decía—. Pregúntele qué le duele.

Matías, que había dado órdenes toda su vida, aprendió a arrodillarse frente a un niño.

Una noche, durante una cena importante con políticos y socios peligrosos, Leonardo despertó de una pesadilla y entró gritando al comedor. Todos se tensaron. Un hombre armado dio un paso, pero Matías levantó la mano para detenerlo.

Camila apareció descalza, con el cabello suelto.

—Leo, mi leoncito —susurró.

El niño soltó el candelabro de plata que iba a lanzar y corrió hacia ella. Camila lo cargó y lo sacó de la sala sin mirar a nadie.

Matías la observó como si estuviera viendo algo imposible.

Esa madrugada la encontró en la terraza.

—Lo estás salvando —dijo él.

—No soy yo sola. Él necesita sentirse seguro.

Matías se acercó. Por primera vez, su voz no sonó como una amenaza.

—Y yo necesito que no te vayas.

Camila sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Había visto al hombre detrás del monstruo: un padre roto, lleno de culpa, incapaz de llorar porque el mundo le exigía ser de piedra.

Matías rozó su mano.

Pero antes de que ella pudiera responder, escuchó un ruido en la cocina.

Al día siguiente, mientras Leonardo dormía, Camila fue a prepararle jugo. Al entrar, se detuvo en seco.

La señora Elvira estaba junto a la barra, sosteniendo el vaso del niño. Sacó un frasco pequeño de su bolsillo y dejó caer tres gotas transparentes en el jugo. Luego lo mezcló con una sonrisa helada.

Camila se escondió detrás de la despensa, con la sangre congelada.

De pronto, todo tuvo sentido.

Los ataques. Las crisis. Las niñeras huyendo. Leonardo no estaba perdiendo la razón.

Alguien lo estaba drogando.

Pero ¿por qué?

Camila no podía acusar sin pruebas. Elvira llevaba años en la casa. Ella, en cambio, era solo la muchacha pobre que Matías había subido demasiado rápido.

Así que decidió jugar con inteligencia.

Compró una pequeña cámara escondida dentro de un oso de peluche y la colocó en un estante de la cocina. Durante tres días, revisó cada comida de Leonardo, fingiendo que el niño solo quería comer si ella preparaba todo.

Elvira comenzó a mirarla con odio.

La cuarta mañana, Camila revisó la grabación.

Ahí estaba.

Elvira mezclando la sustancia en unos panecillos. Pero esta vez también hablaba por teléfono.

—El niño ya está demasiado tranquilo —susurró—. La muchacha lo vigila todo. Dile a Silvestre que esta noche debe sacarlo. Don Rodrigo quiere ver a Matías destruido frente a todos.

Camila se tapó la boca.

Silvestre era el hombre de confianza de Matías. Su mano derecha.

Y Don Rodrigo era su peor enemigo.

Querían hacer parecer que Matías era débil, incapaz de cuidar a su propio hijo, para quitarle sus negocios y quedarse con su imperio.

Camila tomó la memoria de la cámara y corrió hacia el despacho.

Pero no llegó.

Una mano enorme le tapó la boca desde atrás.

—Las curiosas terminan enterradas —gruñó Silvestre.

La arrastró hacia la biblioteca. Allí estaba Elvira, cargando a Leonardo dormido, demasiado pálido, demasiado quieto.

—Llévala a la cava —ordenó Elvira—. Para cuando Matías la busque, el niño ya estará lejos.

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