Carmen lo miró fijamente. Sabía por qué estaba ahí. En el pueblo cercano, 1 anciano chismoso había estado contando leyendas sobre el “oro escondido” de la familia de doña Elena en la vieja choza. Mauricio quería asegurarse de que no hubiera nada de valor.
“Esta casa es mía”, respondió Carmen con firmeza, alzando la barbilla. “No está en venta. Así que le pido que se retire de mi propiedad”.
El rostro de Mauricio se deformó de rabia. La agarró del brazo con violencia. “¡Escúchame bien, gata estúpida! No sé qué cuentos te metió mi madre, pero te voy a aplastar en la corte. Voy a decir que estaba loca cuando firmó y te dejaré en la calle”.
“Suélteme o llamo a la policía”, le advirtió ella, empujándolo. Mauricio escupió al suelo y se subió a su camioneta. “Te vas a arrepentir. Nadie me humilla a mí”.
Esa noche, el miedo se apoderó de Carmen. Pasada la medianoche, escuchó el ruido de 2 camionetas acercándose sin luces. Despertó a sus 3 hijos en silencio y los escondió detrás de los nopales, a unos metros de la choza. Segundos después, 3 hombres armados con mazos y picos patearon la puerta de madera podrida.
“¡Rompan todo! ¡Busquen en las paredes, el patrón Mauricio dijo que aquí está el oro!”, gritó uno de los delincuentes.
Comenzaron a destrozar la choza. Los golpes resonaban en el desierto. Destruyeron el adobe, levantaron el piso y rompieron todo a su paso durante 1 hora. Pero no encontraron absolutamente nada. Todo el tesoro estaba seguro bajo el árbol de mezquite.
De pronto, luces rojas y azules iluminaron el desierto. 4 patrullas de la policía estatal rodearon la propiedad, junto con 1 vehículo oscuro del cual bajó el mismísimo abogado de doña Elena. Los policías sometieron a los 3 matones rápidamente.
El abogado caminó hacia Carmen, quien salía de su escondite abrazando a sus 3 hijos. “Señora Carmen, ¿están bien? Instalé vigilancia en la zona porque doña Elena me lo ordenó. Ella sabía que Mauricio intentaría atacarla”.
Uno de los matones, aterrorizado por los policías, confesó de inmediato: “¡Fue el patrón Mauricio! ¡Él nos pagó 10000 pesos a cada uno para destruir la casa y robar lo que hubiera!”.
El abogado sonrió fríamente. “Excelente. Doña Elena dejó 1 cláusula secreta en su testamento. Si cualquiera de sus 3 hijos intentaba dañar a Carmen o despojarla de la choza, automáticamente perderían su herencia y todo pasaría a 1 fundación de caridad. Mauricio acaba de cavar su propia tumba”.
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