—¡Veo que su techo se está cayendo a pedazos! —respondió él, asomándose apenas para ver la gotera principal que caía justo en medio de mi única habitación—. ¡Tengo herramienta, tengo lodo y sé trabajar! ¡Déjeme meter a las cabras aquí en el techito de afuera, y en cuanto escampe, le tapo esas goteras! ¡Sin cobrarle un peso!
Me quedé helada. Reparar el techo. Llevaba semanas intentando subirme a una silla vieja para tapar los agujeros con pedazos de lona y piedras, pero mi panza no me lo permitía. Cada noche de lluvia era una tortura, durmiendo en un rincón sobre un colchón húmedo, temblando de frío.
Miré a las cabras. Los animales temblaban, igual que yo. Miré al hombre. Sus ojos oscuros no mostraban malicia, solo urgencia. Era un trato desesperado, entre dos personas desesperadas.
—¡Está bien! —grité, acercándome a la puerta—. ¡Pero usted se queda afuera con los animales! ¡Si intenta entrar, le juro que mi esposo le suelta un tiro!
Elías asintió, limpiándose el agua de la cara.
—No se apure, señora. Con el porche nos basta.
Esa tarde, la tormenta no cedió. Estuvo lloviendo a cántaros durante horas. Me quedé sentada en mi cama, envuelta en una cobija raída, observando la sombra de Elías a través de las rendijas de la puerta de madera. Se había sentado en el suelo de tierra húmeda del porche, abrazando sus rodillas, con las dos cabras acurrucadas contra su pecho para darse calor. No intentó forzar la entrada. No hizo ruido. Solo esperó, estoico, como una estatua de piedra en medio del diluvio.
Mientras lo observaba, el bebé soltó una patada fuerte que me sacó un quejido. Tranquilo, mi niño, le susurré, acariciando la barriga tensa. Aquí estamos. Seguimos vivos. Al caer la noche, la lluvia finalmente se detuvo, dejando un olor penetrante a tierra mojada y a pino. Salí con mucho cuidado, sosteniendo un candil de petróleo. Elías estaba despierto. Se puso de pie rápidamente al verme salir, quitándose el sombrero en señal de respeto.
—Ya paró —dijo, mirando hacia el cielo despejado, donde empezaban a asomarse algunas estrellas.
—Sí —respondí en voz baja, manteniendo mi distancia—. Dijo que arreglaría el techo.
—Lo prometido es deuda, señora. Pero de noche no veo para trabajar allá arriba. Con su permiso, lo haré a primera hora, nomás que salga el sol.
Asentí, sintiéndome estúpida por exigirle que trabajara a oscuras. El frío calaba hasta los huesos.
—¿Tiene hambre? —le pregunté de repente. No sé por qué lo hice. La comida me escaseaba, apenas tenía frijoles y un poco de masa para tortillas. Pero ver a ese hombre ahí, empapado, compartiendo mi miseria en el porche, me rompió un poco la coraza.
Él me miró con sorpresa. Sus ojos oscuros, que antes me parecían ilegibles, se suavizaron un poco.
—No quisiera ser una molestia.
—No es molestia. Voy a calentar unos frijoles.
Regresé adentro, encendí el brasero con los últimos leños secos que me quedaban y puse el comal. Hice unas tortillas gruesas, a mano, escuchando el chisporroteo del fuego. Cuando salí, le ofrecí un plato de barro con frijoles calientes y tres tortillas. Él lo tomó con ambas manos, como si fuera un tesoro.
—Dios se lo pague —murmuró, y empezó a comer con una avidez que me confirmó que llevaba días sin probar bocado caliente.
Me senté en una silla de madera vieja, a un par de metros de él. El silencio entre nosotros ya no era tan pesado. Las cabras dormitaban tranquilas.
—¿Usted sola construyó esto? —preguntó Elías, señalando las paredes de adobe de la casa.
—No. Era de la abuela de… de alguien que conocí. Nos la dejó cuando se murió. Pero ya estaba muy vieja. Las paredes están rajadas.
—El adobe es noble, pero necesita mantenimiento. El agua se mete por las grietas y deshace la tierra. Mañana le voy a preparar una mezcla con paja y barro para sellar todo eso. Le va a aguantar para el invierno.
—¿Y usted de dónde aprendió a hacer eso? —le pregunté, sintiendo un poco más de curiosidad que miedo.
Elías dejó de masticar. Miró el fuego del candil durante unos largos segundos.
—Yo tenía una casa parecida, allá por Ocosingo. Tenía un pedazo de tierra, sembraba maíz. Tenía… una familia.
Su voz se quebró ligeramente al final. No necesité preguntar más. En esta sierra, las historias de pérdida son el pan de cada día. Desplazados, deudas, enfermedades, violencia. Cualquiera de esas cosas podía vaciar a un hombre y dejarlo caminando sin rumbo, con una pala y dos cabras.
—Lo siento mucho —dije suavemente.
—Así es la vida, señora. Unos pierden, otros ganan, y otros nomás sobrevivimos.
Terminó su comida, limpió el plato con el último pedazo de tortilla y me lo devolvió con reverencia.
—Váyase a dormir, señora. Yo aquí me quedo cuidando la entrada. Nadie se va a acercar mientras yo esté aquí.
Esa noche, por primera vez en medio año, dormí sin sobresaltos. No tuve que levantarme a mover las ollas por las goteras, porque ya no llovía, pero sobre todo, no tuve que escuchar cada ruido del bosque con el corazón en la garganta. Afuera había alguien. Un extraño, sí, pero alguien que había cumplido su palabra de no cruzar la puerta.
A la mañana siguiente, me despertó el sonido de rasguños contra el techo. Me levanté asustada, el terror volvió a asomarse, pero luego recordé. Me asomé por la ventana. Elías ya estaba arriba del techo, caminando con cuidado sobre las láminas oxidadas. Abajo, había preparado un gran pozo de lodo con la pala que traía el día anterior. Estaba mezclando la tierra con hojas secas y agua del abrevadero.
Salí de la casa. Él me saludó con la mano desde arriba.
—¡Buenos días! ¡Ya casi termino de tapar los hoyos más grandes! ¡Ahorita bajo a resanar las paredes!
Me quedé observándolo. Su playera estaba cubierta de lodo y sudor. Estaba trabajando duro, reparando el nido que otro hombre había abandonado. La imagen de Rodrigo Salvatierra cruzó por mi mente una vez más. Rodrigo nunca se manchó las manos. Él hablaba del futuro, de negocios en la ciudad, de que íbamos a ser ricos. Pero a la primera dificultad, cuando se enteró de que venía el bebé y que sus “negocios” eran puras deudas, empacó sus dos maletas en silencio y se esfumó.
Elías bajó del techo de un salto ágil, cayendo en cuclillas. Empezó a agarrar puñados de barro y a rellenar las grietas de la casa de adobe, alisando la superficie con sus manos fuertes.
—¿Cómo amanece el chamaco? —preguntó de repente, sin dejar de trabajar, señalando con la barbilla hacia mi vientre.
—Inquieto —respondí, acariciando la curva de mi panza—. Le gusta moverse cuando no lo dejan dormir.
Elías soltó una pequeña risa ronca. Fue la primera vez que lo vi sonreír. Sus ojos, rodeados de pequeñas arrugas causadas por el sol de la sierra, brillaron con amabilidad.
—Va a ser un muchacho fuerte, ya verá. Aquí en el cerro los niños nacen como los robles. Aguantadores.
—Faltan pocas semanas —confesé, y al decirlo en voz alta, el miedo, esa sombra asfixiante, volvió a apoderarse de mí—. No sé qué voy a hacer, Elías. El centro de salud más cercano está a tres horas caminando. Y yo ya casi no puedo dar ni un paso sin que la espalda me arda.
Elías se detuvo. Se limpió el lodo de las manos en su pantalón y se acercó unos pasos, manteniendo una distancia respetuosa.
—Su esposo… el que dijo ayer que estaba adentro… —empezó a decir, escogiendo las palabras con cuidado—. Yo sé que no hay nadie, señora. No tiene que fingir conmigo. Desde ayer me di cuenta de que usted está sola.
Sentí que la cara me ardía de vergüenza. Bajé la mirada hacia el lodo.
—Me dejó —murmuré, con la voz quebrada—. Se fue hace meses. Me dejó aquí tirada, sin dinero, sin familia. Pensé que me iba a morir aquí sola.
Elías asintió lentamente, comprendiendo la magnitud de mi tragedia.
—Nadie merece que lo dejen así. Menos en su estado. Pero escúcheme bien, señora. Usted no se va a morir aquí.
Sus palabras tenían una firmeza que me tomó por sorpresa. No eran las palabras bonitas y vacías de Rodrigo. Eran palabras crudas, pesadas, como la tierra mojada que estaba usando para sellar mi casa.
—Terminaré de arreglar la casa hoy —continuó Elías—. Y me voy a quedar en el porche unos días más, si usted me lo permite. Hasta que nazca el niño. Conozco de hierbas, sé cortar leña, puedo ir a cazar algo para que usted coma carne. Y cuando llegue el momento, si no podemos bajar al pueblo, yo la ayudo. He ayudado a parir vacas, chivos y hasta ayudé a mi difunta mujer con nuestro primer hijo. No soy doctor, pero no la voy a dejar sola.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Lloré no por tristeza, sino por el alivio inmenso de soltar una carga que llevaba cargando sola durante casi ocho meses. Me tapé la cara con las manos, sollozando sin control. Elías no se acercó a abrazarme, sabía que el límite del respeto era lo único que nos mantenía a salvo a ambos, pero se quedó ahí, firme, esperando a que pasara la tormenta dentro de mí.
Los días siguientes, el cerro olvidado se transformó. Ya no era un infierno gélido y solitario. Elías trabajaba de sol a sol. Cortó leña suficiente para un mes, la apiló bajo un tejaban que él mismo construyó improvisando con unas ramas y lona vieja. Reparó la cerca vencida para que las cabras pudieran pastar sin alejarse.
Poco a poco, las intenciones ocultas que yo temía se desvanecieron por completo. Elías resultó ser un hombre de pocas palabras pero de manos incansables. Por las noches, nos sentábamos cerca de la fogata y él me contaba historias de su pueblo, de las cosechas pasadas, de cómo la sierra cambia de color cuando llega la temporada de secas. Yo, a cambio, le contaba cómo había crecido en Tuxtla, cómo había conocido a Rodrigo y cómo me había dejado engañar por su apariencia de hombre exitoso.
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