—Yo soy Julián Herrera. Me dicen Oso.
—Mucho gusto, Julián.
—¿Cuánto falta para que llegue ese sobrino suyo?
—Tal vez quince minutos.
Julián asintió. Se levantó, salió al estacionamiento y desde ahí hizo dos llamadas. La primera fue a un médico retirado de confianza que trabajaba con adultos mayores y no se vendía por dinero. La segunda, a una antigua conocida suya que ahora trabajaba en protección a personas vulnerables en el DIF estatal. Cuando volvió a entrar, su expresión era tranquila, pero definitiva.
—Doña Elena, hoy nadie la va a mover de aquí ni la va a hacer firmar nada —dijo—. Mañana tiene una valoración de verdad, con un doctor serio. Y ya avisé donde tenía que avisar.
Elena lo miró con un desconcierto casi infantil.
—¿Por qué me ayuda?
Julián sostuvo la mirada.
—Porque usted pidió ayuda. Y porque hay hombres que se sienten valientes robándole a una vieja. Ésos me caen peor que los cobardes.
A las doce con veintidós, la campanilla de la puerta sonó.
Entró Rodrigo.
Traía camisa planchada, zapatos caros, reloj brillante y una carpeta de piel bajo el brazo. Detrás de él venía Verónica, perfumada, sonriente, perfecta. Los dos entraron con la seguridad de quien cree tener el día resuelto.
Hasta que vieron a Elena rodeada por seis motociclistas.
Rodrigo se detuvo un segundo, apenas uno, pero bastó para que Alma notara el susto.
—Tía Elena —dijo, forzando una sonrisa—. No sabía que tenía visita.
Elena tomó un sorbo de té antes de responder:
—La familia llegó primero.
Rodrigo parpadeó.
—Qué bueno —dijo, acercándose con cuidado—. Así pueden ser testigos de que vamos a arreglar unas cositas por su bienestar.
—¿Qué cositas? —preguntó uno de los motociclistas, un hombre moreno y callado al que llamaban Toño.
—Asuntos privados —respondió Rodrigo.
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