Su familia lo abandonó a su suerte; solo quedó una criada, y todo cambió para siempre.

Su familia lo abandonó a su suerte; solo quedó una criada, y todo cambió para siempre.

Su familia lo abandonó a su suerte; solo quedó una criada, y todo cambió para siempre.

La noche en que la fiebre de don Alejandro Monteverde llegó a cuarenta grados, la hacienda entera decidió que ya estaba muerto.

Afuera, el viento golpeaba los ventanales de la vieja casona como si quisiera arrancarlos. En los pasillos olía a alcohol, a miedo y a veladoras encendidas. Don Alejandro, dueño de medio valle en Jalisco, el hombre que jamás bajaba la voz y al que todos llamaban “patrón” aunque no trabajaran para él, temblaba sobre la cama como un niño perdido.

El doctor Valdivia salió de la habitación con el rostro pálido.

—Es una infección fuerte. Puede ser contagiosa. Si la fiebre no baja antes del amanecer… preparen a la familia.

Doña Beatriz, su esposa, no lloró. Solo apretó los labios.

—Llévenlo al cuarto del fondo. Cierren ese pasillo. No voy a arriesgar a mis hijos.

Sus hijos, Rodrigo y Mateo, tampoco se quedaron. Rodrigo mandó ensillar los caballos antes de que terminara la noche.

—Papá siempre sale de todo —dijo, abrochándose el saco—. Nosotros nos vamos a la casa de campo hasta que pase esto.

Mateo dudó un instante.

—¿Y si pregunta por nosotros?

Rodrigo lo miró con desprecio.

—Entonces que le digan que rezamos por él.

A las dos de la mañana, la hacienda Monteverde parecía un barco hundiéndose. Las cocineras corrieron a sus cuartos. Los mozos salieron por la puerta trasera. El mayordomo inventó que tenía una madre enferma en Guadalajara. Nadie quería tocar las sábanas de don Alejandro. Nadie quería acercarse al hombre que durante treinta años había mandado sobre todos.

Solo una persona se quedó.

Lucía Herrera.

Tenía veinticuatro años, manos ásperas de lavar pisos y una trenza negra que siempre llevaba apretada sobre la espalda. Hacía dos años trabajaba en la hacienda. Don Alejandro nunca había preguntado su nombre. Para él, Lucía era parte del mobiliario: la sombra que cambiaba las flores, barría los corredores y desaparecía antes de que los señores entraran.

La señora Candelaria, ama de llaves, la encontró en el pasillo con una cubeta de agua caliente.

—¿Qué haces aquí, muchacha? ¿No oíste? Puedes irte. Nadie te va a culpar.

Lucía miró hacia la puerta cerrada donde se escuchaba la respiración quebrada del patrón.

—Alguien tiene que quedarse.

—Puedes morir.

—También él.

La señora Candelaria la observó largo rato. Luego suspiró.

—Entonces hierve todo. Cambia las sábanas. Dale agua con gotas de sauce si puede tragar. Y si se pone peor… hay morfina en el botiquín.

Lucía entendió lo que no dijo: si el dolor era demasiado, había que ayudarlo a irse.

Pero ella no pensaba dejarlo ir.

Durante tres días, don Alejandro no supo quién era ni dónde estaba. Ardía como carbón. Deliraba. Gritaba nombres. Pedía perdón. Una vez tomó a Lucía del brazo con tanta fuerza que casi la tiró al suelo.

—¡No me dejen solo! —suplicó, con los ojos perdidos.

Lucía le puso un trapo frío en la frente.

—No está solo, don Alejandro. Aquí estoy.

Él parpadeó, tratando de enfocar su rostro.

—¿Quién eres?

—Lucía Herrera, señor.

—¿Trabajas aquí?

Ella casi sonrió.

—Desde hace dos años.

Algo parecido a la vergüenza cruzó por la mirada del hombre, pero la fiebre volvió a llevárselo.

La cuarta noche fue la peor. La lluvia caía con furia sobre los tejados. Don Alejandro empezó a convulsionar. Lucía corrió por agua fría, le quitó las mantas, le sostuvo la cabeza, le rogó a la Virgen de Zapopan y a todos los santos que recordaba de su abuela.

—No se muera —le dijo, llorando por primera vez—. No después de hacerme trabajar tanto.

A la madrugada, la fiebre cedió.

No fue milagro de golpe, sino un pequeño silencio. Su respiración dejó de sonar como piedra raspando metal. El cuerpo dejó de temblar. Lucía se quedó sentada junto a la cama, agotada, con las manos rojas y los ojos hinchados.

Cuando don Alejandro despertó, la encontró dormida en una silla, con la cabeza caída sobre el pecho.

—Lucía —murmuró.

Ella abrió los ojos de inmediato.

—¿Quiere agua?

—Quiero saber por qué sigues aquí.

Lucía bajó la mirada.

—Porque alguien tenía que hacerlo.

—Mi esposa no lo hizo.

Ella no respondió.

—Mis hijos tampoco.

—Tenían miedo.

—Tú también.

Lucía sostuvo su mirada.

—Sí. Pero el miedo no puede mandar siempre.

Desde ese día, algo cambió en la habitación del fondo. Don Alejandro empezó a ver a Lucía. No como criada. No como sombra. Como persona.

Le preguntó por su madre, por su pueblo en Michoacán, por la abuela partera que le había enseñado a bajar fiebres con paños húmedos y paciencia. Ella, al principio, contestaba poco. Pero él escuchaba de una forma que nadie le había escuchado jamás.

Al noveno día, llegó un telegrama: doña Beatriz y los hijos regresaban.

La señora Candelaria encontró a Lucía doblando su ropa en una maleta pequeña.

—¿Te vas?

—Es mejor.

—Él preguntará por ti.

—Y ella me echará antes de que él termine la frase.

La ama de llaves no pudo negarlo.

Doña Beatriz entró a la hacienda al día siguiente como si regresara de un viaje elegante, no de abandonar a su marido en una posible agonía. Besó el aire cerca de la mejilla de Alejandro y luego mandó llamar a Lucía al salón azul.

—Así que tú fuiste la que se quedó —dijo, mirándola de arriba abajo.

—Sí, señora.

—Muy conveniente.

Lucía sintió un golpe frío en el pecho.

—No entiendo.

—Una muchacha joven, sola con mi marido enfermo nueve días. Cualquiera pensaría cosas feas.

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