Parte 1
Lucía Robles prefirió casarse con el hombre al que todos llamaban bestia antes que dejar que su propio tío la vendiera al banquero más cruel de San Isidro del Monte.
Aquella mañana, el pueblo olía a polvo, pan caliente y miedo. Las campanas de la parroquia no repicaban todavía, pero la gente ya se había reunido frente al portal municipal porque todos sabían que don Severiano Castañeda había comprado una novia. No una novia cualquiera, sino a Lucía, la muchacha de 21 años que había quedado huérfana después de que la sequía arruinara la pequeña milpa de su padre.
Su tío Anselmo, con el sombrero bien acomodado y la sonrisa grasosa, hablaba dentro de la tienda de abarrotes como si estuviera negociando un costal de frijol.
—Es joven, obediente y no tiene quién la reclame. Usted me borra la deuda y mañana la tiene en su casa, don Severiano.
El banquero, un viudo de 56 años con ojos fríos y manos demasiado blancas, soltó una risa baja.
—Que esté lista antes del mediodía. No me gusta esperar lo que ya pagué.
Lucía estaba afuera, detrás de la ventana, con el rebozo apretado contra el pecho. Sintió que el mundo se le cerraba. Su padre había muerto debiéndole dinero al mismo hombre que ahora quería encerrarla en su casona de cantera. Su tío la había recogido solo para cobrar por ella. Huir no era sencillo. Más allá del pueblo estaba la sierra: barrancas, coyotes, frío y caminos donde desaparecían personas sin dejar rastro.
Entonces llegó Mateo Arriaga.
El ruido de su caballo negro hizo que la plaza se quedara muda. Las mujeres jalaron a sus hijos. Los hombres bajaron la voz. Mateo venía desde la parte alta de la Sierra Madre, donde vivía solo en una cabaña cerca del Pico de la Viuda. Era enorme, ancho de hombros, con barba oscura, chamarra de cuero gastado y una cicatriz profunda que le partía la ceja izquierda y bajaba hasta el pómulo. Decían que había matado a su esposa. Decían que hablaba con muertos. Decían que ninguna mujer sobreviviría una temporada en su casa.
Lucía no vio un monstruo. Vio a un hombre cansado, aislado, con una tristeza tan vieja que parecía piedra.
Cuando Mateo salió de la oficina del comprador de pieles, ella cruzó la plaza antes de que el miedo le ganara.
—Señor Arriaga.
Mateo se detuvo. No respondió. Solo la miró desde arriba, confundido.
—Me llamo Lucía Robles. Mi tío quiere entregarme a don Severiano. No tengo dinero, ni familia, ni manera de defenderme. Sé cocinar, lavar, coser, curar heridas y trabajar duro. Si usted se casa conmigo hoy, me iré con usted a la sierra y no le pediré nada más que no me devuelva.
Un murmullo explotó alrededor. Doña Eulalia, la chismosa del pueblo, se persignó como si hubiera visto al diablo.
Anselmo salió furioso de la tienda.
—¡Lucía! ¡Aléjate de ese salvaje! ¡Tú ya estás comprometida!
Don Severiano apareció detrás, rojo de rabia.
—Esa muchacha me pertenece.
Mateo dejó el costal de harina en el suelo. Su voz salió grave, oxidada por el silencio.
—Una mujer no es ganado.
Anselmo quiso avanzar, pero Mateo se colocó frente a Lucía. No sacó machete ni rifle. No hizo falta. Su tamaño bastó para que el tío se quedara clavado a unos pasos.
—¿Estás segura? —preguntó Mateo, sin apartar los ojos de los hombres—. Arriba no hay lujos. Solo frío, trabajo y silencio.
—Más frío sería vivir con él —dijo Lucía, mirando a Severiano—. Estoy segura.
Mateo levantó la vista hacia la parroquia.
—Padre Ignacio. Necesitamos que nos case ahora.
En menos de 30 minutos, Lucía Robles se convirtió en Lucía Arriaga. No hubo flores, ni música, ni abrazos. Solo la voz temblorosa del cura, el odio de su tío en la última banca y la mirada venenosa de Severiano prometiendo venganza.
El camino hacia la montaña fue largo. Lucía montó una yegua prestada, con los dedos entumidos y el corazón lleno de dudas. Mateo cabalgó adelante sin hablar. Mientras subían entre pinos, oyameles y piedras húmedas, ella se preguntó si había escapado de una jaula para meterse en otra.
Al anochecer llegaron a la cabaña. No era una guarida sucia, como decían. Era fuerte, limpia, bien construida, con leña ordenada, techo firme y una chimenea de piedra que esperaba fuego. Mateo la bajó de la yegua con manos grandes pero cuidadosas.
—Entra. Prende la lumbre. El agua está en el barril.
Lucía obedeció. Adentro todo estaba barrido, sobrio, sin adornos. Preparó frijoles con tocino seco y café de olla. Mateo comió en silencio. Después sacó una cobija gruesa de un baúl y la puso junto al fogón.
—Aquí estarás segura de Severiano y de tu tío. No pasarás hambre ni frío. Pero no esperes cariño. Yo no busqué esposa. Tú tendrás la cama. Yo dormiré junto al fuego.
Lucía se acostó esa noche sintiendo que la soledad pesaba más que la sierra.
Durante semanas vivieron como 2 sombras. Él salía antes del amanecer, volvía con leña, carne o pieles, y apenas decía palabra. Ella hacía pan, remendaba camisas y mantenía la cabaña tibia. Pero cada noche, cuando creía que ella dormía, Mateo desaparecía por una puerta trasera hacia un cobertizo cerrado con candado.
Desde la cama, Lucía escuchaba: raspar, lijar, golpear madera. Una y otra vez. Como si en la oscuridad construyera algo secreto.
Una madrugada, el viento sacudió los muros y Mateo regresó herido, con la pierna abierta por una caída entre rocas. Lucía lo curó con agua hervida, aguardiente y puntadas firmes. Él deliró con fiebre durante 3 días, llamando a una mujer llamada Mariana y suplicando perdón a un bebé que nunca respondía.
Al cuarto día, mientras lavaba su ropa ensangrentada, Lucía encontró una llave de bronce en el bolsillo. Miró hacia el cobertizo, luego hacia Mateo dormido.
Sabía que cruzaría un límite. Pero también sabía que detrás de aquella puerta estaba la verdad del monstruo.
Y cuando giró la llave, lo que vio la dejó de rodillas.
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