PARTE 1
—¡Frena la pinche camioneta ahorita mismo, Emiliano! ¡Frena ya, güey, no manches!
El grito histérico de Ximena retumbó dentro de la lujosa Mercedes blindada, cortando el silencio y el aire acondicionado de golpe. Emiliano pisó el freno por puro instinto. Las pesadas llantas rechinaron feísimo contra el asfalto hirviendo de la carretera México-Querétaro. El frenazo levantó 1 densa nube de polvo seco que envolvió por completo el vehículo oscuro.
—Mira nada más esa joyita de allá afuera —escupió Ximena, inclinándose sobre el tablero de piel con los ojos inyectados de 1 desprecio absoluto—. Es esa muerta de hambre… tu ex esposa. Neta, qué oso. Mírala nada más, da asco.
Emiliano giró el rostro lentamente hacia la orilla del camino. Y el mundo entero pareció detenerse por completo. A escasos metros, bajo el sol rajatablas del mediodía y el calor asfixiante del Estado de México, estaba Lucía.
Ya no era la mujer luminosa y llena de vida que él amó con absoluta locura. Ya no era la esposa elegante que caminaba a su lado por las exclusivas plazas de Polanco. La mujer de enfrente parecía el retrato exacto de 1 vida hecha pedazos. Llevaba ropa desgastada, unos tenis rotos que apenas aguantaban, la piel quemada por tantas horas bajo el sol y 1 cansancio brutal estampado en la cara.
Pero había algo más. Algo que hizo que las manos de Emiliano empezaran a temblar descontroladamente sobre el volante.
Lucía cargaba 2 bebés pegados al pecho, envueltos con cuidado en 1 rebozo tradicional de algodón. Eran gemelos. Recién nacidos, o de unos pocos meses a lo mucho. Dormían profundamente, sudando a mares por el calor infernal, protegidos por gorritos tejidos a mano y ropita de la paca. Aun así, Emiliano logró distinguir 1 detalle que lo atravesó como 1 bala en el corazón: eran rubios. Tenían su misma sangre, los mismos rasgos exactos de su familia.
A los pies de Lucía descansaba 1 costal de rafia enorme, medio lleno de botes de aluminio aplastados y botellas de plástico sucias. Su ex esposa, la mujer a la que le juró amor eterno, sobrevivía como pepenadora, juntando basura para darle de comer a 2 hijos que él ni siquiera sabía que existían.
—Mírate nada más, Lucía —se burló Ximena, bajando el vidrio polarizado con 1 sonrisa venenosa—. Juntando basura, exactamente donde siempre perteneciste, güey. ¿Qué haces aquí a la mitad de la nada? ¿Quieres dar lástima a la gente?
Lucía no respondió. Ni siquiera le dirigió 1 mirada a la fresa de Ximena. Simplemente sostuvo el contacto visual con Emiliano, transmitiendo 1 tristeza tan inmensa que a él le dolió respirar.
—Arranca ya, mi amor —continuó Ximena con fastidio—. Seguro esos escuincles son de alguno de sus amantes de quinta, ¿verdad?
La palabra amante le recordó la traición de hace 1 año. Las transferencias falsas, las fotos en 1 motel de paso asqueroso, y la medalla de oro de la abuela, supuestamente encontrada en la ropa de Lucía. Emiliano, ciego de coraje, la corrió a la calle sin 1 solo peso.
De pronto, 1 tráiler tocó el claxon durísimo. Ximena sacó 1 billete arrugado de 500 pesos y se lo aventó por la ventana con desdén.
—Ten, limosnera. A ver si te alcanza para darles leche a tus bastardos.
El billete cayó en la tierra sucia. Lucía lo miró 1 segundo, cubrió a los 2 bebés del polvo con el rebozo y siguió caminando en silencio. Emiliano sintió que el alma se le hacía pedazos. Sabía que si enfrentaba a Ximena sin pruebas, ella borraría todo. Arrancó la camioneta, pero mientras veía a Lucía en el retrovisor, hizo 1 juramento silencioso. Descubriría la verdad, costara lo que costara. 1 tormenta implacable estaba a punto de desatarse, y nadie sobreviviría a ella…
PARTE 2
3 días después, el investigador privado, 1 ex comandante de la judicial, entró a la lujosa oficina de Emiliano en Santa Fe con 1 gruesa carpeta negra.
—Encontré todo el teatrito, patrón. Neta, está de no creerse —dijo el hombre, más serio que 1 tumba.
Emiliano se paró tan rápido que tiró la silla. El investigador abrió la carpeta sobre el escritorio. Primero le enseñó 2 actas de nacimiento del Estado de México. 2 niños: Santiago y Mateo, registrados solo con los apellidos de Lucía en 1 clínica del IMSS saturada y sin recursos en Chalco. Nacieron prematuros. El reporte médico decía que la madre llegó con 1 cuadro de anemia severa. La fecha de concepción cuadraba perfecto con el mes antes de que la corriera de la casa.
A Emiliano se le bajó la presión hasta el suelo. Pero eso era solo la punta del iceberg.
El investigador le demostró con peritajes cibernéticos que los depósitos bancarios se hicieron con 1 programa de hackeo conectado al celular de Ximena. Las fotos del motel eran 1 montaje barato; el supuesto amante era 1 actorcillo de Coyoacán que cobró 20000 pesos por la farsa. La medalla de oro la escondió la muchacha del aseo, quien lloró y confesó que Ximena le dio 1 buena lana para callarse y plantar la joya.
Y la neta, había cosas muchísimo peores.
Había 80 fotos de Ximena en 1 penthouse súper exclusivo de Polanco, dándose unos besotes apasionados y metiéndose a la cama con Mauricio, el mayor rival de negocios de Emiliano. Había decenas de correos donde ella le pasaba información confidencial de la empresa para llevar a la constructora a la bancarrota.
Pero la última hoja hizo que a Emiliano le hirviera la sangre. Era 1 captura de pantalla de 1 mensaje mandado a Lucía meses atrás.
“Si buscas a Emiliano o le pides 1 solo centavo para los bastardos que traes en la panza, te juro que los 3 van a amanecer en bolsas negras en 1 lote baldío de Ecatepec. Piérdete, maldita gata.”
Emiliano se quedó callado por 5 largos minutos. Su rostro reflejaba 1 furia fría y aterradora.
—Prepara absolutamente todo —ordenó con 1 voz de hielo—. Quiero 1 fiesta de compromiso. La más mamona y ostentosa que haya visto esta pinche ciudad. Invita a los medios, a los políticos, y asegúrate de que Mauricio esté en la primera fila.
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