Fui abandonada en la ruina por un marido cobarde hasta que el dueño de la hacienda me enseñó lo que es un hombre de verdad

Fui abandonada en la ruina por un marido cobarde hasta que el dueño de la hacienda me enseñó lo que es un hombre de verdad

PARTE 1

En 1 fría mañana de noviembre, el viento de la sierra soplaba con fuerza, colándose por las grietas de la humilde casa de adobe donde vivía Elena. A sus 26 años, sus manos, que alguna vez fueron suaves, ahora estaban cubiertas de callos y tierra. Hacía 8 meses que Beto, el hombre que le juró amor eterno frente al altar de la parroquia del pueblo, había empacado 2 camisas en 1 mochila vieja y se había marchado en la caja de 1 camioneta rumbo al norte. Prometió regresar con dólares, comprar ganado y construirle la casa de ladrillo con la que tanto soñaban. Sin embargo, los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Beto nunca llamó, nunca escribió y nunca mandó 1 solo centavo.

Lo único que Beto dejó a su paso fueron las deudas. En la tienda de abarrotes de doña Lupe, la cuenta superaba los 5000 pesos, y Elena tenía que soportar las miradas de lástima y los murmullos venenosos de las mujeres del pueblo cada vez que bajaba a vender los pocos manojos de rábanos que lograba cosechar. Decían que Beto se había cansado de ella, que 1 mujer abandonada traía mala suerte a las cosechas, que seguramente ella tenía la culpa por no saber retener a su marido. Elena lo escuchaba todo en silencio. Se tragaba el nudo en la garganta, se acomodaba el rebozo y seguía caminando. No quería la compasión de nadie. Prefería engañar a su estómago tomando 1 taza de café de olla y comiendo 1 tortilla dura con sal antes que pedir limosna.

La pequeña parcela que Elena cuidaba colindaba con la Hacienda Los Agaves, la propiedad más grande y próspera de toda la región de Jalisco. El dueño era Mateo, 1 hombre de 34 años, conocido por ser justo, de pocas palabras y de carácter indomable. Siempre andaba a caballo o en su impecable camioneta blanca, supervisando sus tierras. Las muchachas del pueblo suspiraban por él, pero decían que Mateo tenía el corazón cerrado y que nunca sonreía. Elena solo lo conocía de vista; para ella, él pertenecía a 1 mundo completamente inalcanzable.

La tarde del martes, el sol caía a plomo y la sequía castigaba la tierra. Elena llevaba 3 horas intentando reparar 1 cerco de alambre de púas para evitar que las vacas de los vecinos pisotearan su pequeña milpa. Estaba tan agotada que, al tirar de 1 alambre oxidado, la herramienta se resbaló. El metal le abrió 1 herida profunda en la palma de la mano derecha. La sangre brotó de inmediato, manchando la tierra seca. Elena apretó los dientes, arrancó 1 pedazo de tela de su falda vieja y se dispuso a vendarse, dispuesta a seguir trabajando.

Fue en ese momento cuando el rugido de 1 motor rompió el silencio. La camioneta blanca de Mateo se detuvo al otro lado del cerco. El imponente hacendado bajó del vehículo, se acomodó el sombrero de ala ancha y clavó su intensa mirada en la herida de Elena. Sin decir 1 sola palabra, se acercó, sacó 1 pañuelo de lino blanco de su bolsillo y, con 1 delicadeza que contrastaba con su enorme tamaño, tomó la mano temblorosa de la mujer para detener la hemorragia. Elena sintió que el rostro le ardía de vergüenza por su ropa sucia y su pobreza, pero la firmeza de Mateo la paralizó.

Justo cuando él estaba por ofrecerle llevarla al médico del pueblo, 1 nube de polvo se levantó en el camino de terracería. 1 coche viejo y despintado frenó bruscamente frente a la casa. De la puerta del conductor bajó Beto. Pero no venía solo. Del lado del copiloto descendió 1 mujer joven, arreglada y con joyas llamativas, seguida por 1 hombre de traje barato que sostenía 1 maletín negro. Beto miró a Elena con desprecio, ignorando por completo la sangre en sus manos, y levantó 1 documento sellado en el aire con 1 sonrisa cargada de malicia.

Nadie podía imaginar la pesadilla que estaba a punto de desatarse en ese mismo instante.

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