PARTE 1
Alejandro sintió que el suelo de cantera de su hacienda en Jalisco desaparecía bajo sus pesadas botas. La noche era gélida, envuelta en esa neblina espesa que bajaba de los campos de agave, pero el frío más agudo le cortó la respiración al verlas.
—¿1 foto mía? —preguntó apenas, con la voz rota, como si el sonido no le perteneciera a él.
Ximena, de apenas 4 años, bajó la mirada de inmediato, arrepentida de haber hablado. A su lado, la pequeña Sofía se despertó con un sobresalto sobre el frío escalón del pórtico, abrazó 1 sarape raído contra su pecho y miró a su hermana mayor con un terror absoluto.
—Ximena… —susurró la menor, temblando.
El poderoso patrón de la región, un hombre que no le temía a nada, levantó las manos despacio, como si estuviera frente a 2 animalitos heridos a punto de huir.
—No voy a enojarme, se los juro. Solo necesito entender qué hacen aquí.
Afuera, la noche era una boca negra. El viento raspaba las pencas de agave contra los muros de adobe de la propiedad.
—Mi amá dijo que no dijéramos nada a nadie —murmuró Ximena, apretando los puños sucios de tierra—. Solo al señor de la foto.
Alejandro sintió 1 golpe seco en el centro del pecho.
—¿Dónde está su mamá?
Ninguna de las 2 respondió. Sofía empezó a llorar en un silencio desgarrador. No hacía ruido, no pedía ayuda. Solo dejaba caer lágrimas pesadas, 1 tras otra, con la resignación de quien ha aprendido a golpes que llorar fuerte no sirve de nada.
Alejandro se arrodilló sobre la tierra húmeda.
—Por favor —dijo con extrema suavidad—. Si su mamá está en peligro, necesito saberlo para ayudarla.
Ximena negó con la cabeza. Su rostro infantil se endureció con 1 gesto demasiado cruel para sus 4 años de edad.
—Mi amá no va a volver nunca. Se quedó dormida.
La frase cayó en el enorme patio como 1 lápida. El aire se volvió asfixiante.
—¿Qué pasó? —insistió él, sintiendo un sudor frío.
—Tosía sangre. Ya no caminaba. Nos dijo que siguiéramos la terracería hasta la hacienda grande. Que esperáramos a este hombre —Ximena extendió 1 pedazo de papel arrugado.
Alejandro no pudo moverse. La hacienda grande. El hombre de la foto. Era él.
—¿Hace cuántos días fue eso?
Ximena levantó 3 deditos llenos de lodo.
¡3 días! 2 niñas pequeñas, caminando solas por la sierra, comiendo raíces y tortillas duras, durmiendo a la intemperie. Alejandro se llevó 1 mano a la boca para ahogar un grito de rabia.
—¿Dónde se quedó su mamá?
—Allá. En la choza vieja del barranco.
El corazón del magnate empezó a latir con una violencia desenfrenada. Había 1 antigua ruina a casi 2 kilómetros, un viejo jacal de peones abandonado. Tomó las llaves de su camioneta, envolvió a las 2 niñas en gruesas cobijas de lana y las subió al asiento trasero. Condujo rompiendo la niebla. Al llegar al jacal, la estructura de adobe estaba casi tragada por la maleza.
Alejandro entró con la linterna de su celular. El olor a humedad y muerte lo golpeó primero. En 1 esquina, sobre 1 petate podrido, yacía una mujer joven, extremadamente delgada. Apoyó 2 dedos en su cuello. Nada.
Junto al cuerpo había 1 bolsa de tela. Dentro, 1 foto plastificada. Era una imagen suya junto a su difunta esposa, Elena, sonriendo en ese mismo rancho. Al reverso, 1 frase escrita con pulso errático: “Si no sobrevivo, entrégaselas a Alejandro Villanueva. Él merece saber la verdad”.
Alejandro apenas abría el primer papel cuando 1 estruendo lo paralizó. 1 camioneta sin luces frenó de golpe afuera. 2 sombras bajaron. 1 hombre enorme y 1 mujer abrieron las puertas del vehículo de Alejandro.
—¡Esas chamacas valen millones! —gritó el hombre, arrancando a Ximena del asiento mientras la niña gritaba desgarradoramente.
La noche apenas comenzaba, y el magnate estaba a un segundo de descubrir que el infierno mismo había llegado a su puerta. Era imposible imaginar la brutal revelación y la sangre que estaba a punto de derramarse…
PARTE 2
—¡Suéltala, desgraciado! —rugió Alejandro, saliendo del jacal como 1 fiera acorralada.
La linterna cayó al lodo, iluminando la escena con 1 luz distorsionada. El desconocido giró el rostro, mostrando 1 sonrisa torcida bajo el ala de su sombrero.
—Vaya, el gran patrón Villanueva —escupió el hombre—. Mi hermana Rosa sí alcanzó a mandarte a las crías.
La mujer que lo acompañaba forcejeaba con Sofía en el interior de la camioneta. La pequeña de 3 años gritaba aferrada al cinturón de seguridad.
—Son mías ahora —sentenció el hombre, sacando 1 machete oxidado de su cinto—. Y si las quieres de vuelta, vas a tener que vaciar tus cuentas. ¿Tienes idea de lo que la prensa pagaría por saber que tienes 2 bastardas escondidas?
Alejandro no pensó. No midió el peligro. Se lanzó contra el hombre con 1 fuerza que desconocía poseer. El choque de los 2 cuerpos en el lodo fue brutal. El desconocido era más pesado, pero Alejandro peleaba impulsado por 1 rabia primitiva, 1 instinto de protección hacia esas 2 criaturas que le quemaba las venas.
El machete cortó el aire y rozó el hombro de Alejandro, rasgando su camisa y liberando 1 hilo de sangre caliente. Sin importar el dolor, el magnate tomó 1 piedra pesada del suelo y golpeó la rodilla del agresor con toda su furia. El hombre aulló, cayendo de lado.
Alejandro no se detuvo. Corrió hacia la mujer que arrastraba a Sofía por un brazo, la empujó con fuerza contra la puerta del vehículo y le arrebató a la niña, cubriéndola con su propio cuerpo. Ximena, llorando aterrorizada, corrió a abrazarse a su pierna.
—¡Papá! —gritó Sofía, escondiendo su carita en el cuello de Alejandro.
Esa palabra. Esa maldita y hermosa palabra atravesó la oscuridad como 1 relámpago. Era la primera vez en su vida que alguien lo llamaba así, y ocurría en medio de 1 pesadilla, en brazos de 1 niña cubierta de polvo y lágrimas.
El hombre del machete intentó levantarse, escupiendo sangre, pero de pronto, 3 destellos azules y rojos inundaron el barranco. Las sirenas de 2 patrullas municipales, alertadas por el sistema de seguridad satelital de la camioneta de Alejandro, rompieron el silencio de la sierra.
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