El rey miró a Constanza, luego a Ximena, y algo encajó en su mente con precisión de guerra: el informe médico, la humillación pública, la presencia insistente de Constanza en todo aquello.
—Julián —ordenó a su beta—. Encierra a Constanza. Quiero revisar sus cuentas, sus mensajes y cada documento médico que haya entrado a esta casa en los últimos cinco años. Si encuentro una sola falsificación contra Ximena Robles, la destierro antes del amanecer.
Constanza gritó. Nadie la defendió.
Esa misma noche, Santiago llevó a Ximena y a los niños al ala real.
Durante tres semanas, la hacienda conoció una paz que nadie recordaba. Mateo y León dejaron de romper puertas y de morder manos; empezaron a reír, a correr por los corredores, a quedarse dormidos sobre el regazo de Ximena mientras ella les leía cuentos. Santiago también cambió. Las sombras bajo sus ojos se borraron. Se le veía menos rey de guerra y más hombre. Le llevaba libros viejos a Ximena, cenaba con ella y con los niños, y jamás la tocaba sin pedir permiso con la mirada.
La corte entera lo notó.
El rey alfa estaba cortejando a la antigua muchacha de limpieza.
Pero la podredumbre no había terminado.
Doña Beatriz, leal a la familia de Constanza, sabía que el juicio se acercaba y que, si Ximena seguía ganándose el cariño de todos, ya no habría forma de destruirla. Así que decidió actuar durante la Fiesta de la Luna Azul, cuando Santiago debía hablar ante toda la manada en el patio principal.
Aquella noche, mientras Ximena preparaba a los niños para dormir, doña Beatriz entró a la cocina con una llave maestra. Sacó de entre sus ropas un pequeño frasco y dejó caer tres gotas de acónito líquido en la leche tibia de los gemelos.
No tenía olor.
No tenía color.
Cuando Santiago regresó de su discurso, oyó el grito antes de cruzar la puerta del ala infantil.
Ximena estaba en el piso, desesperada, mientras Mateo y León se retorcían entre espasmos. Las venas negras les subían por el cuello. Espuma oscura les manchaba los labios.
—¡Doctor Arturo! —gritaba ella—. ¡Por favor, por favor!
El médico llegó corriendo, examinó a los niños… y se puso blanco.
—Acónito —dijo con horror—. Es demasiado. Sus cuerpos no lo van a resistir.
Doña Beatriz apareció llorando a gritos, señalando a Ximena.
—¡Fue ella! ¡Encontré este frasco bajo su almohada!
Arrojó un vial vacío al suelo. Gael, que estaba de guardia, frunció la boca con amarga certeza.
—Siempre supe que no se podía confiar—
Santiago lo fulminó con la mirada, pero Ximena ya no escuchaba a nadie.
Miraba a los niños.
A sus niños.
A esos dos pequeños que le habían devuelto el alma cuando ella creía no tener nada dentro.
Entonces se incorporó lentamente.
—Quítense —ordenó.
No habló fuerte, pero el poder en su voz hizo retroceder a todos.
Ximena se arrodilló entre Mateo y León y puso una mano sobre cada pecho. Cerró los ojos. Recordó la nana. Recordó el abrazo. Recordó la primera vez que la llamaron con esa necesidad ciega que solo tienen los niños que buscan refugio.
Las omegas de sangre pura, decía su abuela, podían hacer una sola cosa que las volvía casi sagradas y casi malditas: absorber el daño ajeno en su propio cuerpo.
—¡Ximena, no! —gritó el doctor—. ¡El veneno va a pasarte a ti!
—Entonces que venga —susurró ella.
La luz brotó de sus manos.
No era fuego. Era algo blanco, tibio, feroz. Un resplandor que hizo vibrar lámparas, cuadros, espejos. Las venas negras empezaron a salir del cuerpo de los gemelos y a trepar por los brazos de Ximena. El dolor la atravesó como hierro líquido. Sintió que el corazón se le partía en dos, que la garganta se le cerraba, que la sangre se le volvía hielo.
Pero no soltó a los niños.
Mateo abrió los ojos primero.
León tosió después.
Ambos respiraron.
Estaban vivos.
Ximena sonrió apenas, exhausta, y cayó hacia un lado.
—¡No! —rugió Santiago.
La sostuvo antes de que tocara el suelo. Las venas negras ya subían por el cuello de ella. Doña Beatriz intentó huir, pero Julián entró en ese momento con una tableta en la mano.
—La cocina quedó grabada —dijo—. Fue ella. Todo está en video. Y Constanza dio la orden desde la celda.
Santiago no miró a las culpables.
Solo apretó a Ximena contra su pecho.
—Destierren a Beatriz y a Constanza esta misma noche —dijo con una voz tan fría que dio más miedo que un grito—. Y Gael Montaño queda despojado de su rango. Si sigue en mis tierras al salir el sol, lo cazaré yo mismo.
Gael bajó la cabeza, destruido. Nadie lo lamentó.
Santiago se mordió la muñeca hasta abrirla. La sangre real cayó roja y luminosa. Con manos temblorosas, la llevó a los labios de Ximena.
—Vuelve conmigo —rogó—. No te encontré para perderte.
Durante un segundo terrible, no pasó nada.
Luego, Ximena inhaló.
Una sola respiración, débil, pero suficiente.
Las venas negras comenzaron a retroceder. El aroma de lavanda, suave pero vivo, llenó otra vez la habitación.
Ximena abrió los ojos.
Lo primero que preguntó, casi sin voz, fue:
—¿Los niños?
Mateo y León se lanzaron sobre ella llorando.
—Estamos aquí —dijo Mateo.
—No te vayas —sollozó León.
Santiago cerró los ojos, vencido por el alivio. Cuando volvió a mirarla, ya no había duda en él, solo verdad.
—Esta casa te debe la vida —dijo—. Pero yo te debo mucho más que eso. Te debo a mis hijos. Mi paz. Mi futuro. Y, si tú me lo permites… mi corazón entero.
Ximena lo miró largo rato. Vio al rey temible, sí, pero también al padre agotado, al viudo herido, al hombre que la había elegido no cuando brillaba, sino cuando todavía llevaba las manos ásperas por tanto limpiar dolor ajeno.
Levantó una mano temblorosa y la posó sobre su mejilla.
—Entonces no me sueltes nunca —susurró.
Santiago la besó con la delicadeza de quien toca algo sagrado. Afuera, la Luna Azul cruzó una nube y derramó su luz sobre los vitrales negros de Loma Obsidiana.
Meses después, ante toda la manada, Ximena Robles fue presentada no como sirvienta, no como rechazada, no como sombra, sino como Reina de Loma Obsidiana. Mateo y León corrían a su alrededor riendo, sanos al fin, mientras Santiago la miraba como si el mundo hubiera empezado de nuevo.
Y por primera vez en muchos años, Ximena supo exactamente lo que era estar en casa.
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