Alejandro Garza lo tenía todo… o al menos eso afirmaban las prestigiosas revistas de negocios que se apilaban en la inmensa mesa de caoba de su oficina en San Pedro Garza García, el municipio más rico de México. A sus 45 años, había levantado un imperio inmobiliario de proporciones colosales. En todo Monterrey y el resto del país, su apellido era sinónimo de éxito rotundo, influencia política y una riqueza inimaginable que superaba los 800 millones de pesos.
Pero esa noche, mientras estaba de pie junto al inmenso ventanal de su corporativo, mirando las luces de la ciudad bajo la tormenta, Alejandro se sentía como el hombre más miserable y pobre del mundo.
Desde que Sofía, su 1ra esposa —y la única mujer a la que realmente había amado en sus 45 años de vida— falleció en 1 trágico accidente hace 3 años, algo muy profundo dentro de su alma se había apagado. Para no volverse loco, Alejandro enterró su inmenso dolor en el trabajo. Se la pasaba viajando constantemente, cerrando contratos por 50 o 100 millones, convenciéndose a sí mismo de que mantener su mente ocupada las 24 horas del día era la única forma de ser un pilar fuerte para su familia.
Mientras él conquistaba el mundo empresarial, sus 2 hijos —la pequeña Camila de 7 años y el bebé Mateo de apenas 1 año de edad— habían quedado bajo el cuidado exclusivo de su 2da esposa, Valeria.
Ante los ojos de la alta sociedad mexicana, Valeria era la mujer perfecta: siempre elegante, serena, vestida con marcas europeas y extremadamente atenta en las reuniones sociales. Alejandro se había convencido de que ella, con su aparente dulzura, llenaría el vacío maternal que la tragedia de Sofía había dejado en esa enorme mansión.
“Están bien cuidados”, se repetía Alejandro en su mente cada vez que la culpa por ser 1 padre ausente lo asaltaba en medio de la noche. “Ella los ama. Ella se ocupa de los 2”.
Pero aquella lluviosa noche de martes… algo oscuro y pesado cambió en el ambiente.
No fue 1 llamada telefónica de emergencia. No fue 1 mensaje de texto. Fue 1 presentimiento. 1 corazonada visceral.
Sintió 1 presión helada y sofocante en el centro del pecho, como si le faltara el oxígeno. Miró la fotografía enmarcada que descansaba sobre su escritorio: era Sofía, sonriendo con su característico brillo en los ojos, sosteniendo a Camila cuando apenas era 1 recién nacida. Bajo la tenue luz de la lámpara, los ojos de su difunta esposa parecían atravesarle el alma, exigiéndole algo.
Lo estaba llamando a casa.
“Cancela todo lo de mañana”, le ordenó Alejandro de forma abrupta a su asistente personal, tomando su abrigo de lana con prisa.
“Pero señor Garza… a las 8 de la mañana tiene el desayuno clave con los 15 inversionistas extranjeros…”
“¡Dije que lo canceles!”, gritó, sorprendiéndose de su propio tono de voz.
No esperó a que su chofer privado le trajera la camioneta. Tomó las llaves de su vehículo y condujo él mismo, enfrentando el caótico tráfico de Monterrey bajo 1 lluvia torrencial. El trayecto de 40 minutos hasta su exclusiva propiedad parecía interminable. La lluvia golpeaba el parabrisas con violencia, como si el cielo intentara advertirle de algo. Sus pensamientos giraban a 100 kilómetros por hora. Se imaginaba a Camila corriendo a recibirlo en la puerta, al pequeño Mateo riendo a carcajadas en la alfombra de la sala… Esa cálida imagen mental fue lo único que le dio fuerzas para acelerar.
Pero cuando cruzó los imponentes portones de hierro de su mansión, 1 escalofrío le recorrió la columna vertebral. Algo andaba terriblemente mal.
La gigantesca casa de 3 pisos estaba sumida en la oscuridad.
El ambiente era demasiado silencioso.
No había luces encendidas. No se escuchaba la televisión. No había rastro de vida.
Solo existía 1 silencio sepulcral, pesado e incorrecto.
Alejandro abrió la puerta principal con sigilo. El aire adentro se sentía extrañamente frío. Se quitó el saco empapado y dio 2 pasos hacia el pasillo de mármol.
Entonces… lo escuchó.
No fue 1 grito desgarrador. Fue algo mucho peor.
Fue 1 sollozo ahogado, desesperado, casi sin fuerzas.
Y luego, 1 vocecita infantil, rota y temblorosa que le heló la sangre:
“Por favor… ya no nos hagas daño… te juro que seremos buenos… te prometemos que no volveremos a llorar…”
El corazón de Alejandro se detuvo. Era la voz de su pequeña Camila.
Sintiendo que las piernas le fallaban, avanzó lentamente hacia la penumbra de la inmensa sala principal. Y lo que sus ojos descubrieron en ese instante… destrozó su mundo en 1 millón de pedazos. No vas a creer el infierno que estaba a punto de desatarse frente a sus propios ojos.
PARTE 2
Camila estaba tirada en el frío suelo de mármol, acurrucada en posición fetal, usando su pequeño cuerpo como 1 escudo protector alrededor de su hermanito Mateo, quien lloraba en silencio. El vestido rosa de la niña, que alguna vez fue impecable, estaba manchado y rasgado por los bordes. Tenía las 2 rodillas raspadas, con pequeños hilos de sangre seca, y su cabello, que Alejandro solía peinar, era 1 maraña descuidada.
Pero no fue el aspecto físico de su hija de 7 años lo que terminó de quebrar el alma del millonario. Fue su postura corporal.
Camila irradiaba miedo. 1 miedo puro, instintivo y dolorosamente aprendido a base de repetición.
De pie, a escasos centímetros de los 2 niños, se encontraba Valeria. Llevaba su maquillaje de diseñador intacto, 1 elegante vestido rojo ajustado y sostenía 1 enorme copa de vino tinto en su mano derecha. Su rostro, habitualmente angelical ante las cámaras, estaba deformado por 1 rabia irracional y enfermiza.
“¡Cállate de 1 maldita vez, mocosa!”, espetó Valeria con desprecio, pateando un juguete que estaba cerca de los pies de la niña. “¡Te advertí que no me molestaras cuando estoy tratando de descansar! ¡Si ese bastardo llorón no se calla en 1 minuto, les juro por Dios que los voy a lanzar a los 2 al patio para que duerman bajo la lluvia como los animales que son!”
“Tiene hambre…”, susurró Camila, temblando violentamente y apretando al bebé contra su pecho. “Por favor… Valeria, no hemos comido en 2 días…”
“¡No te atrevas a llamarme por mi nombre, estúpida!”, gritó Valeria, alzando la mano y dando 1 paso amenazante hacia adelante.
“¡BASTA!”
El rugido de Alejandro retumbó por los 4 rincones de la enorme mansión, haciendo vibrar los cristales de las ventanas.
Valeria dio 1 salto de terror, derramando la mitad de su vino en la alfombra persa. Al girarse y ver a su esposo empapado en la entrada, su expresión de odio se desvaneció en 1 fracción de segundo, reemplazada instantáneamente por 1 sonrisa dulce, artificial y enfermizamente calmada.
“¡Alejandro, mi amor! Qué sorpresa… Llegaste temprano de la oficina. Yo… solo estaba jugando un poco con ellos, ya sabes cómo son de traviesos—”
Él ni siquiera la miró a los ojos. La ignoró por completo, caminando a zancadas rápidas directamente hacia el rincón donde estaban sus hijos.
“Camila…”, susurró Alejandro, y su voz, antes imponente, se quebró por completo.
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