EL HEREDERO IMPOSIBLE
—¡Mentirosa!
La palabra salió de la garganta de don Alonso de la Vega como un látigo. La copa de cristal que sostenía cayó contra la chimenea de mármol y se hizo pedazos, llenando de silencio el gran salón de la Hacienda Santa Lucía.
Mariana se quedó inmóvil, con una mano sobre el vientre y los ojos llenos de espanto. Había imaginado muchas veces aquel momento. Había pensado que su esposo la abrazaría, que por fin la casa volvería a llenarse de esperanza, que el apellido De la Vega tendría continuidad.
Pero Alonso la miraba como si acabara de clavarle un puñal.
—Alonso… —susurró ella—. ¿Por qué reaccionas así? Te estoy diciendo que vamos a tener un hijo.
Él retrocedió un paso. Su rostro, siempre firme y orgulloso, estaba blanco como la cal de las paredes.
—Ese hijo no puede ser mío.
Mariana sintió que el aire desaparecía.
Afuera, el invierno de 1891 cubría los campos de Puebla con una helada rara y cruel. El viento golpeaba las ventanas de la hacienda y hacía crujir las vigas antiguas. Dentro del salón, el fuego ardía con fuerza, pero entre los dos esposos se había levantado una oscuridad más fría que la noche.
Mariana de la Vega, antes Mariana Cárdenas, tenía veinticuatro años. Había nacido en una familia respetada de Querétaro y se había casado tres años atrás con Alonso, dueño de una de las haciendas más ricas del centro de México. El matrimonio empezó como un arreglo conveniente entre dos familias poderosas, pero con el tiempo se transformó en algo verdadero. Alonso, duro ante el mundo, era tierno con ella en privado. La escuchaba. La protegía. La miraba como si en ella hubiera encontrado por fin descanso.
Por eso su furia la destrozó.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Mariana, temblando—. Jamás ha habido otro hombre. Te lo juro por mi vida, por mi alma y por este hijo que llevo dentro.
Alonso soltó una risa amarga.
—No insultes mi inteligencia.
—¿Qué te pasa?
Él cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había dolor en ellos, un dolor viejo, podrido por años de silencio.
—Porque no puedo tener hijos, Mariana.
Ella no entendió.
—¿Qué?
—Hace diez años tuve una fiebre terrible. Estuve al borde de la muerte. Cuando sobreviví, mi padre mandó llamar al doctor Horacio Beltrán, el médico más famoso de la capital. Me examinó y le dijo a mi padre la verdad: la fiebre me había dejado estéril. Para siempre.
Mariana dio un paso hacia él.
—Nunca me lo dijiste.
—¿Y cómo iba a decirlo? —rugió Alonso—. ¿Cómo se confiesa que uno es el fin de su propia sangre? ¿Que no puede darle un heredero a su casa ni un hijo a su esposa?
Su voz se quebró, pero enseguida volvió la rabia.
—Yo viví diez años con esa vergüenza. Y ahora vienes tú a decirme que estás encinta, esperando que sea tan necio como para aceptar el hijo de otro.
Mariana sintió que las lágrimas le ardían, pero se obligó a mantenerse de pie.
—Ese diagnóstico está mal.
—¡Basta!
Alonso señaló la puerta.
—Desde hoy vivirás en el ala norte. No hablarás con los criados, no saldrás de la hacienda y no volverás a acercarte a mí. Mañana mandaré llamar a mis abogados. Esto terminará en silencio, antes de que el escándalo destruya mi nombre.
Mariana lo miró como si no reconociera al hombre que amaba. Luego, con la dignidad hecha pedazos pero todavía en pie, salió del salón pisando los cristales rotos.
Durante tres días, Mariana vivió encerrada en el ala norte como prisionera en su propia casa. Su única compañía era Inés, su doncella de confianza, una muchacha oaxaqueña de lengua rápida y lealtad feroz.
Al principio, Mariana lloró. Después dejó de hacerlo.
Había una verdad sencilla que nadie podía quitarle: ella no había traicionado a Alonso. Si estaba embarazada, y lo estaba, entonces el diagnóstico que durante diez años había destruido a su esposo era falso.
Pero ¿quién ganaba con esa mentira?
La respuesta llegó la cuarta noche, cuando Inés entró con una bandeja de comida y cerró la puerta con llave.
—Señora, llegó don Federico.
Mariana levantó la mirada.
Federico de la Vega era primo de Alonso. Si Alonso moría sin heredero, él recibiría la hacienda, el apellido y la fortuna. Era elegante, encantador y peligroso como una víbora bajo flores. Tenía deudas de juego en la capital y una ambición que se le asomaba por los ojos.
—¿Qué quiere aquí? —preguntó Mariana.
—Dice que vino a consolar al patrón. Pero Tomás, el mayordomo, lo oyó hablar. Don Federico le dijo a don Alonso que conoce a un médico discreto para “resolver el problema” antes de que el pueblo se entere.
Mariana sintió que el cuerpo entero se le helaba.
No querían solo expulsarla. Querían acabar con su hijo.
—Inés —dijo, tomando sus manos—, necesito que envíes un telegrama a mi hermano Rafael en la capital. Pregúntale por el doctor Horacio Beltrán. Quiero saber qué pasó con él después de examinar a Alonso.
Dos días después, llegó la respuesta escondida entre los pliegues del delantal de Inés.
“Beltrán abandonó la medicina en 1881, el mismo año de la fiebre de Alonso. Compró una casa en Veracruz con dinero de origen desconocido. Pago hecho mediante el licenciado Salvatierra, abogado de Federico de la Vega. Ten cuidado. Rafael.”
Mariana leyó el telegrama tres veces.
No era un error médico. Era una traición.
Federico había pagado a Beltrán para convencer a Alonso de que jamás tendría hijos. Así, Alonso no buscaría heredero y la fortuna terminaría tarde o temprano en manos de su primo.
Mariana apretó el papel contra el pecho.
—Ese hombre le robó diez años de paz a mi esposo —murmuró—. Y ahora quiere matar a mi hijo.
Pero sabía que un telegrama no bastaría. Alonso estaba cegado por su vergüenza. Necesitaba una prueba que no pudiera negar.
Entonces recordó la caja fuerte del despacho privado.
Allí Alonso guardaba documentos de la familia: escrituras, testamentos, cartas antiguas y expedientes médicos. Si el doctor Beltrán había dejado un informe escrito, debía estar allí.
Esa noche, cuando el reloj dio las dos, Mariana salió del ala norte envuelta en un rebozo oscuro. Caminó descalza por los pasillos helados, sin vela, guiándose por la luz azul de la luna. El corazón le golpeaba tan fuerte que temió despertar a toda la casa.
El despacho estaba abierto. Alonso, hundido en la bebida y la desesperación, había olvidado cerrar.
Mariana entró.
El cuarto olía a tabaco, brandy y cenizas frías. Detrás del escritorio, oculto por un retrato del abuelo de Alonso, estaba el muro de hierro de la caja fuerte. Recordó haber visto una vez dónde guardaba Alonso la llave: bajo un busto de bronce de Benito Juárez.
Metió la mano. Encontró el metal frío.
La caja se abrió con un golpe seco.
Buscó entre joyeros, escrituras y legajos. Al fondo encontró una carpeta de cuero gastado con letras doradas:
“Dr. H. Beltrán. Evaluación médica. 1881.”
La abrió con manos temblorosas. Leyó informes sobre la fiebre, temperaturas, tratamientos. Al final encontró una página titulada: “Evaluación posterior”.
La letra del médico decía con claridad:
“El paciente don Alonso de la Vega se ha recuperado por completo. No existen daños permanentes. Conserva plena capacidad para engendrar descendencia sana.”
Mariana tuvo que taparse la boca para no sollozar.
Alonso podía ser padre.
De pronto escuchó pasos.
Se escondió detrás de las cortinas pesadas justo cuando la puerta se abrió. Federico entró con una vela en la mano. Se veía nervioso, descompuesto.
Fue directo a la caja fuerte, intentó abrirla y maldijo al no encontrar la llave.
—Maldita sea —susurró—. Si Alonso lee esos papeles antes de firmar el nuevo testamento, estoy perdido.
Mariana dejó de respirar.
Federico caminó por el despacho, hablando solo.
—Si la mujer no acepta el remedio del médico, habrá que acelerar el duelo. Unas gotas de láudano en el brandy de Alonso, y todos creerán que el pobre no soportó la vergüenza.
Mariana sintió terror puro.
Federico no solo quería destruir al bebé. Quería matar a Alonso.
Cuando él salió, Mariana esperó varios minutos. Luego corrió de vuelta con la carpeta apretada bajo el rebozo. Ya no podía esperar.
Al amanecer, Alonso estaba en el gran salón, pálido, ojeroso, sentado frente a la chimenea apagada. Federico se encontraba con él, sirviendo té con una calma fingida.
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