A los 19 años, siendo aún virgen, la casaron con un duque solitario a cambio de un caballo.

A los 19 años, siendo aún virgen, la casaron con un duque solitario a cambio de un caballo.

Pero la esperanza duró poco.

Esa noche, don Evaristo recibió la noticia por boca de un campesino cobarde que vendió el secreto a cambio de borrar su deuda. Al enterarse de que Alejandro reuniría testigos ante el juez, golpeó la mesa con furia.

—Si Alejandro quiere guerra, tendrá luto —murmuró.

Horas después, las plantaciones de don Ramón ardieron en llamas.

El padre de Ximena llegó a la hacienda cubierto de ceniza, con la ropa quemada y los ojos llenos de horror.

—Lo quemó todo, hija —sollozó—. Otra vez lo quemó todo.

Ximena corrió a abrazarlo. Toda la rabia, el perdón y el miedo se mezclaron en su pecho. Alejandro, de pie junto a ellos, apretó los puños.

—Mañana iré con el juez —juró—. Esto termina ya.

Cuando don Ramón fue llevado a descansar, Ximena se quebró. Alejandro la sostuvo entre sus brazos. Ella lloró contra su pecho, y por primera vez no sintió miedo de él. Sintió refugio.

Él acarició su rostro con cuidado.

—Perdón por haberla traído a esta guerra.

Ximena lo miró entre lágrimas.

—Usted no me trajo a la guerra. Me sacó de ella.

Alejandro quiso apartarse, respetando siempre la promesa que le había hecho. Pero ella tomó su mano.

—Me quedo porque quiero —susurró—. Y lo quiero a usted.

Entonces él la besó. Fue un beso lleno de dolor, ternura y esperanza, como si dos almas cansadas encontraran al fin un lugar donde descansar.

A la mañana siguiente, Alejandro partió con don Ramón y varios testigos rumbo a la capital del estado. Ximena quedó en la hacienda con Clara. Durante siete días no llegó ninguna carta.

La espera se volvió insoportable.

Al octavo día, un criado entró corriendo.

—¡Las caballerizas están en llamas!

Ximena y Clara corrieron hasta el establo. El fuego devoraba la madera. Entre humo y relinchos lograron soltar a los caballos. Cuando regresaron al salón, cubiertas de hollín, quedaron paralizadas.

Don Evaristo estaba sentado en el sillón principal, rodeado de hombres armados.

—Buenas noches, doña Ximena —dijo con una sonrisa cruel—. Su marido se atrevió a acusarme. Ahora aprenderá lo que cuesta desafiarme.

Ella alzó la barbilla.

—Usted no es más que un cobarde.

La sonrisa de Evaristo desapareció. Se levantó, la tomó del brazo con violencia y la arrastró fuera de la hacienda. Clara gritó, pero los hombres la detuvieron.

Evaristo subió a Ximena a la fuerza en su caballo negro y galopó hasta el acantilado donde años atrás había muerto Mariana, la primera esposa de Alejandro.

El viento golpeaba con furia. Evaristo la empujó hacia el borde.

—Aquí perdió Alejandro a su primera mujer —dijo con maldad—. ¿Quieres saber un secreto? No cayó sola. Yo la empujé.

Ximena sintió que la sangre se le helaba.

—Monstruo…

—Y ahora perderá a la segunda.

En ese instante se escucharon cascos acercándose. Alejandro apareció con guardias del estado. Venía cubierto de polvo, con el rostro endurecido por el miedo.

—¡Suéltala! —ordenó.

Evaristo sacó un cuchillo y sujetó a Ximena contra el abismo.

—Un paso más y la lanzo.

Todo ocurrió en un segundo. Clara, que había logrado seguirlos junto a uno de los guardias, tomó una piedra y la arrojó contra la mano de Evaristo. El cuchillo cayó. Ximena se soltó y Alejandro corrió hacia ella. Evaristo intentó escapar, pero resbaló entre las piedras húmedas. Sus propios gritos se perdieron en el vacío.

El terror de San Miguel del Río terminó aquella tarde.

Los hombres de Evaristo fueron arrestados. Los testimonios llegaron al juez, y todas las deudas fraudulentas fueron anuladas. Las familias recuperaron tierras, casas y dignidad. Don Ramón fue recibido en la hacienda, no como culpable, sino como un padre arrepentido que había aprendido a amar con valor.

Meses después, la hacienda Santa Lucía ya no parecía fría. Había música en los patios, trabajadores sonriendo y niños corriendo entre los jardines.

Una tarde, bajo un árbol lleno de flores moradas, Alejandro se sentó junto a Ximena. Ella llevaba una mano sobre su vientre redondeado.

—Si es niña —dijo con ternura—, quiero llamarla Mariana.

Alejandro cerró los ojos, conmovido.

—¿Estás segura?

—Sí. No para recordar el dolor, sino la justicia. Ella también merece vivir en la luz.

Alejandro besó su frente.

—Entonces Mariana será.

Ximena apoyó la cabeza en su hombro. Ya no era la muchacha entregada por una deuda imposible. Era una mujer que había sobrevivido al miedo, perdonado a su padre, salvado a un pueblo y elegido su propio amor.

Y en la hacienda Santa Lucía, donde antes reinaban sombras, por fin comenzó una vida llena de paz.

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