PARTE 2
Me quedé viendo la pantalla como si fuera a apagarse sola y borrar lo que acababa de leer.
No lo hizo.
El nombre del contacto era Marcos. Rodrigo nunca le ponía contraseña a su celular; siempre decía que la gente que es honesta no necesita esconder nada. Lo abrí con las manos heladas y entré al chat.
Lo primero que vi fue un mensaje de dos semanas antes:
Marcos: “¿Ya dejó listo el licenciado lo de la cláusula?”
Rodrigo: “Sí. Lo importante es que quede amarrado lo del depa y el terreno.”
Marcos: “¿Y ella sí entiende lo que va a firmar?”
Rodrigo: “No. Confía en mí.”
Seguí bajando.
Mi departamento en la colonia Narvarte, el que mi papá puso a mi nombre años atrás. Un terreno pequeño en Cuernavaca que había heredado de mi tía. Una cuenta de ahorros. Todo estaba mencionado con una frialdad que me revolvió el estómago. No hablaban de mí como esposa. Hablaban de mí como expediente.
Luego apareció el verdadero golpe.
Marcos: “Sin la firma, si pasa algo, se complica cobrar el seguro.”
Rodrigo: “Por eso quería cerrarlo hoy. Ya casi estaba.”
Marcos: “¿Y si se pone difícil?”
Rodrigo: “Se va a confiar. Siempre se confía.”
Tuve que sentarme. La tetera ya hervía detrás de mí, pero yo no podía moverme. Sentía el corazón en la garganta.
Seguí leyendo.
Habían hablado durante semanas. Del abogado. Del convenio. De tiempos. De no levantar sospechas. De esperar un poco después de la boda para que todo pareciera normal. De lo conveniente que era que yo ya me hubiera mudado a su departamento.
Y entonces llegué a los mensajes de tres días antes de casarnos.
Marcos: “Ya con todo firmado, nada más es esperar.”
Rodrigo: “Dos meses, máximo. Si es antes, canta demasiado.”
Marcos: “¿Qué va a parecer? ¿Asalto? ¿Accidente?”
Rodrigo: “En casa es más limpio. Menos cámaras. Menos testigos.”
Sentí que me faltaba el aire.
No lloré. No grité. Hice lo único que pude hacer: tomé mi celular y le saqué fotos a toda la conversación. Una por una. Me temblaban tanto las manos que tuve que repetir varias. Las subí a la nube, las pasé a una memoria USB y dejé el teléfono de Rodrigo exactamente donde estaba.
Cuando salió del baño, me besó la cabeza como si nada.
—¿No te vas a dormir? —me preguntó.
—Ahorita —le dije, y no sé cómo logré que mi voz sonara normal.
Esa madrugada armé una maleta chiquita con mis documentos, tarjetas, escrituras y algo de ropa. A la mañana siguiente le dije que iría a ver a mi mamá porque se sentía mal. Ni se levantó para despedirme.
No fui a casa de mi mamá.
Fui con Fernanda, una amiga abogada de la universidad, y ella me consiguió cita ese mismo día con el licenciado Salgado, un penalista viejo, seco y brillantísimo que no perdió ni cinco minutos en consolarme. Revisó las fotos y me dijo:
—No regresas con él. No firmas nada. Y de aquí nos vamos directo al Ministerio Público.
Ese fue el momento en que entendí que no estaba huyendo de un matrimonio fallido.
Estaba huyendo del hombre que había planeado convertirme en una viuda de mí misma.
Y lo peor era que todavía faltaba enfrentarlo todo en serio.
Si quería salir viva de esa historia, la parte más dura apenas iba a comenzar.
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