Nunca pensé que la palabra “cáncer” iba a formar parte de mi historia.
Tenía 27 años, una vida tranquila, sueños sencillos y muchos planes por cumplir. Me despertaba cada día pensando en el futuro, sin imaginar que todo podía cambiar en cuestión de segundos. Hasta que llegó ese día… ese momento que dividiría mi vida en un “antes” y un “después”.
Estaba sentada en el hospital, esperando unos resultados que, según yo, no iban a ser nada grave. El médico entró, se sentó frente a mí y, con una mirada seria, dijo:
—“Tenemos que hablar…”
En ese instante, supe que algo no estaba bien.
Sentí cómo el tiempo se detenía. Mi corazón latía fuerte, pero al mismo tiempo todo parecía en silencio. Y entonces llegó la palabra que nunca quise escuchar: cáncer.
No recuerdo exactamente todo lo que dijo después. Solo recuerdo el miedo. Un miedo profundo que me invadió por completo. Miles de preguntas pasaban por mi cabeza:
“¿Voy a morir?”
“¿Qué pasará con mi familia?”
“¿Podré seguir con mi vida?”
“¿Por qué a mí?”
Los días siguientes fueron como una nube gris que no desaparecía.
Empezaron las citas médicas, los análisis, los tratamientos. La quimioterapia no solo afectó a mi cuerpo, también a mi mente. Perdí el cabello, perdí energía, perdí parte de mi identidad. Me miraba al espejo y, por momentos, no me reconocía.
Leave a Comment