La semana siguiente, cuando ya esperaba oír la cancela y ver aparecer a don Antonio con su caja de herramientas, no apareció.
Ni el sábado por la mañana.
Ni el domingo después de comer.
Parece una tontería, pero cuando alguien empieza a formar parte de tu rutina de una manera silenciosa, su ausencia hace más ruido de lo que uno imagina.
Mateo fue el primero en decirlo.
—Papá, hoy no ha venido.
Yo ya lo sabía.
Llevaba media hora mirando de reojo hacia la entrada del patio, como si pudiera hacerlo aparecer solo por insistencia.
Intenté quitarle importancia.
—A lo mejor le duele la rodilla y está descansando.
Mateo no respondió.
Se quedó con el balón debajo del brazo, mirando hacia la valla como si esperara que don Antonio fuera a salir de detrás del seto en cualquier momento, con esa manera suya de caminar despacio y de aclararse la garganta antes de hablar.
A la tarde no aguanté más.
Fui a su casa con la excusa más torpe del mundo. Le llevaba un trozo de tortilla que había sobrado del mediodía, aunque en realidad lo único que quería era comprobar que estaba bien.
Su persiana del salón estaba a medio bajar.
La puerta del jardín seguía cerrada.
Llamé una vez. Luego otra.
No contestó nadie.
Ya me estaba dando la vuelta cuando oí pasos lentos al otro lado y el sonido del cerrojo.
Tardó bastante en abrir.
Cuando por fin apareció, lo vi enseguida.
Tenía mala cara.
No esa mala cara de haber dormido poco.
Esa otra. La que da el cuerpo cuando va por detrás de uno y ya no puede disimular.
—Don Antonio —dije—. ¿Se encuentra bien?
Hizo ese gesto suyo de restarle importancia a todo, como si el dolor fuera una molestia menor y no una cosa seria.
—He pillado un trancazo de esos tontos —murmuró—. Y la rodilla anda peleona.
Su voz sonaba más ronca de lo normal.
Dentro de la casa olía a infusión, a cerrado y a algo antiguo que no sabría explicar. No a suciedad. Más bien a tiempo quieto.
—¿Ha comido algo? —le pregunté.
—Sí, sí.
Lo dijo demasiado rápido.
Y en ese instante supe que mentía igual de mal que yo.
No le pedí permiso.
Entré, dejé la tortilla en la cocina y abrí un poco la ventana.
Él protestó por inercia, pero sin ganas.
La encimera estaba casi vacía. Había una taza, una cuchara y medio paquete de galletas abiertas.
Nada más.
Le calenté la tortilla.
Le puse un vaso de agua.
No hice nada extraordinario. Solo lo que habría hecho cualquiera por alguien a quien aprecia un poco. Pero mientras partía aquel trozo en el plato, me di cuenta de que quizá no había nadie haciéndolo por él.
Eso fue lo que más me pesó.
Mateo quiso venir conmigo al día siguiente.
Le dije que no molestara.
Él me miró con esa seriedad rara que a veces le sale, como si en vez de ocho años tuviera cincuenta.
—No voy a molestar. Solo quiero ver si está mejor.
Fuimos los dos al final de la tarde.
Llevábamos un táper de lentejas y una barra de pan.
Don Antonio abrió más rápido esa vez. Seguía cansado, pero ya tenía algo de color en la cara.
Cuando vio a Mateo, se le suavizó el gesto.
—Vaya —dijo—. Inspección completa.
Mateo levantó el táper.
—Son lentejas. Mi padre dice que curan casi todo.
Yo le lancé una mirada.
—Yo no he dicho eso.
—Bueno, casi casi —respondió él.
Don Antonio sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, pero de las buenas.
Nos dejó pasar al salón.
Hasta entonces yo apenas había visto su casa por dentro. Siempre hablábamos en la puerta, en el patio o en la acera. Estar allí era distinto.
Había muebles antiguos bien cuidados.
Un reloj de pared que sonaba demasiado fuerte en el silencio.
Dos butacas.
Una lámpara con pantalla beige.
Y en una estantería, varias fotos enmarcadas.
Mateo se acercó a una de ellas antes de que yo pudiera decirle que no fuera curioso.
—¿Es su hijo?
Don Antonio tardó un poco en responder.
—Sí.
La foto mostraba a un hombre joven, quizá de unos treinta, con una sonrisa abierta y una camisa remangada. Tenía un parecido evidente con él en la forma de la boca y en los ojos.
A su lado había una mujer y una niña pequeña.
No pregunté.
No me pareció bien.
Pero fue él quien habló al cabo de un rato, mientras Mateo se entretenía mirando una caja llena de tornillos ordenados por tamaños.
—Mi nuera y mi nieta se fueron a vivir fuera después del accidente —dijo—. Al principio llamaban más. Luego menos. La vida sigue, supongo.
No lo dijo con reproche.
Eso lo hacía todavía más triste.
—¿Y ahora habla con ellas? —pregunté con cuidado.
Asintió.
—Por teléfono, de vez en cuando. En Navidad. En cumpleaños. Ya sabes cómo son algunas distancias. No siempre se miden en kilómetros.
No supe qué contestar.
A veces el dolor ajeno deja a uno en silencio porque cualquier frase parece demasiado pequeña.
Mateo, en cambio, no tiene ese problema.
Se giró desde la caja y preguntó:
—¿Y su nieta sabe que usted arregla bicis tan bien?
Don Antonio soltó una risa breve.
—Lo sabe. Otra cosa es que me deje tocárselas cuando viene.
Aquello aflojó el ambiente de una manera casi milagrosa.
Nos quedamos un rato más.
Hablamos de cosas simples. Del tiempo, del colegio, de que las hojas del patio de atrás volvían a caerse demasiado pronto cada año.
Cuando nos íbamos, don Antonio me acompañó despacio hasta la puerta.
—Gracias por las lentejas —dijo.
—No me las agradezca.
Negó con la cabeza.
—No te doy las gracias por las lentejas, Sergio. Te las doy por venir.
Aquella frase se me quedó clavada.
Porque tenía el mismo peso que tuvo la suya el día del jardín.
Un hombre que ya va bastante cargado no suele llevar bien que le ofrezcan ayuda.
Yo había entendido la frase cuando hablaba de mí.
Ese día entendí que también hablaba de él.
A partir de entonces empezamos a pasar más por su casa.
Sin invadir.
Sin convertirlo en una obligación.
A veces le llevaba un plato de más cuando cocinaba. O le preguntaba si necesitaba que le trajera algo del mercado. O simplemente me sentaba diez minutos con él en la entrada mientras Mateo daba vueltas con la bici.
Todo fue saliendo de manera natural.
Como había salido todo lo demás.
Una tarde, ya bastante mejor, nos enseñó el cuarto del fondo que usaba como pequeño taller.
Mateo entró como quien pisa un lugar sagrado.
Había herramientas colgadas en la pared.
Maderas apoyadas en un rincón.
Botes con clavos, bisagras, tuercas y piezas que yo no habría sabido nombrar.
Y encima de la mesa grande, cubierto con una sábana fina, había algo alargado.
Mateo lo señaló.
—¿Qué es eso?
Don Antonio se quedó quieto.
Luego apartó la tela con una lentitud que me hizo contener la respiración sin saber por qué.
Debajo había un banco de madera a medio hacer.
La estructura estaba montada, pero faltaban el respaldo, el lijado fino y el barniz. Parecía llevar años esperando la mano que le faltaba para terminarse.
—Lo empecé con mi hijo —dijo—. Para este patio.
Nadie habló durante unos segundos.
Mateo pasó la mano con mucho cuidado por una de las tablas, como si tocara algo delicado.
—Es bonito —dijo.
Don Antonio bajó la vista.
—No lo he vuelto a tocar desde entonces.
No hacía falta preguntar por qué.
Había cosas que se entendían solas.
Aquella noche, al volver a casa, Mateo apenas habló durante la cena.
Yo pensé que estaba cansado.
Después de recoger la mesa, vino a sentarse a mi lado en el sofá con ese gesto suyo de cuando está dándole vueltas a algo importante.
—Papá.
—Dime.
—¿Tú crees que don Antonio se pondría triste o contento si termináramos el banco con él?
Lo miré.
A veces se me olvida que los niños ven más allá de lo evidente.
—No lo sé —admití.
Mateo se encogió de hombros.
—Yo creo que un poco las dos cosas.
Me quedé callado.
Porque tenía razón.
El siguiente sábado fuimos a verle y fue Mateo quien sacó el tema.
Sin rodeos.
Sin solemnidad.
Como hacen los niños cuando van al centro de algo sin perderse antes por los bordes.
—Don Antonio, ¿podemos acabar el banco?
Él levantó la cabeza despacio.
Yo vi en su cara el reflejo exacto de lo que había dicho Mateo la noche anterior.
Dolor y ternura al mismo tiempo.
—No sé si es buena idea —respondió.
Mateo no insistió enseguida.
Se acercó a la mesa del taller, miró el banco y luego lo miró a él.
—A mí me gustaría sentarme ahí con usted —dijo—. Y con mi padre también.
No hubo forma elegante de salir de esa frase.
Don Antonio se quitó las gafas, las limpió con el extremo de la camisa y tardó un poco en volver a hablar.
—Bueno —murmuró—. Entonces habrá que terminarlo bien.
Aquella mañana empezó algo que ninguno de los tres supo nombrar, pero que yo no he olvidado.
Don Antonio medía.
Mateo sujetaba herramientas que apenas pesaban menos que su brazo.
Yo atornillaba donde me decían y procuraba no estropear nada.
El banco fue avanzando poco a poco.
Con pausas.
Con café.
Con historias cortas.
A veces don Antonio hablaba de su hijo sin decir “mi hijo”. Decía “una vez hicimos esto” o “antes usaba una broca más fina para estas cosas”. Y yo sabía perfectamente de quién hablaba.
No lo interrumpíamos.
Dejábamos que las frases salieran como pudieran.
Mateo tenía serrín en el pelo, en la camiseta y hasta en los calcetines.
Estaba feliz.
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