La loba abrió los ojos cuando Carmen cerró la puerta trasera del coche, y durante un segundo enseñó los colmillos como si todavía le quedara fuerza para defender a sus crías. Luego tembló, soltó un jadeo corto y se desplomó sobre la manta vieja que Carmen había extendido a toda prisa.
Uno de los cachorros chilló. El otro apenas se movió.
Carmen se sentó al volante con las manos entumecidas, la respiración rota y el corazón golpeándole el pecho con una violencia que no sentía desde la tarde en que había perdido a Daniel. Encendió la calefacción, arrancó y el coche patinó antes de agarrarse por fin al asfalto helado.

Marcó el 112 con los dedos rígidos.
La operadora le respondió entre cortes. El temporal estaba bloqueando varios accesos. Podían avisar al servicio forestal, sí, pero nadie llegaría rápido. Demasiados accidentes. Demasiadas carreteras cerradas.
—Hay una clínica veterinaria en Motril que atiende urgencias —dijo la mujer—. Si el animal sigue vivo, llévelo ahora.
Carmen ni siquiera recordó decir gracias.
Condujo inclinada hacia delante, como si con el cuerpo pudiera empujar el coche a través de la nieve. En el espejo veía la cabeza plateada de la loba sacudirse con cada bache. Los cachorros, pegados a su vientre, buscaban un calor que se estaba apagando.
—Aguanta —murmuró Carmen, sin saber si se lo decía a la loba o a sí misma—. Aguanta un poco más.
A mitad del trayecto, uno de los cachorros dejó de llorar.
Ese silencio fue peor que cualquier ruido.
Carmen frenó junto a una gasolinera cerrada, saltó del coche, abrió la puerta trasera y se encontró al pequeño completamente inmóvil. Lo cogió entre las manos. Pesaba casi nada. Tenía el hocico frío.
Lo frotó contra su abrigo, desesperada.
—No. No, no, no.
Le sopló aire tibio sobre la nariz. Le masajeó el pecho con la yema de los dedos, torpemente, llorando sin darse cuenta. El cachorro lanzó un estremecimiento mínimo. Después otro. Y de pronto soltó un chillido débil que atravesó la ventisca como una aguja.
Carmen se dobló sobre él y lo apretó contra su pecho.
Llegó a la clínica poco después de las seis de la tarde. Las luces blancas del pequeño edificio brillaban como un refugio imposible en medio del vendaval. Una mujer con bata azul ya esperaba bajo el porche con otro hombre y una camilla metálica.
La veterinaria se presentó mientras corrían hacia el coche.
—Soy Lucía Robles. ¿Dónde está la madre?
Carmen abrió la puerta trasera y dio un paso atrás.
La loba intentó incorporarse al ver extraños. Gruñó, bajo y ronco, más por instinto que por fuerza. La sangre le había empapado el costado. Lucía no vaciló. Le clavó un sedante con un movimiento limpio mientras el auxiliar sujetaba la manta.
—Tú trae a los cachorros —ordenó.
Carmen obedeció sin pensar. Entró detrás de ellos con uno en cada brazo, pegados a su abrigo mojado. El aire interior olía a desinfectante, metal y café recalentado. Todo era demasiado blanco. Demasiado limpio. Demasiado parecido, en su frialdad, a otros pasillos que ella había jurado no volver a pisar.
Lucía examinó a la loba en segundos.
—Fractura abierta en una pata trasera. Posible hemorragia interna. Hipotermia severa.
El auxiliar, un chico pecoso llamado Iván, envolvió a los cachorros en toallas calientes y colocó pequeñas bolsas térmicas a su alrededor.
—Si hubieras tardado diez minutos más, no llegaban —dijo sin levantar la vista.
Carmen sintió que se le doblaban las rodillas.
Lucía la miró por primera vez de verdad.

—¿Vienes con ella?
La pregunta era absurda. Y, sin embargo, Carmen respondió:
—Sí.
La operación duró casi dos horas.
Lucía consiguió estabilizar la hemorragia, pero el golpe había sido demasiado fuerte. La pelvis estaba destrozada. Había lesiones en los pulmones. Cada mejora duraba apenas unos minutos antes de volver a caer.
Carmen pasó ese tiempo sentada en un taburete de plástico, alimentando a los cachorros con una jeringa diminuta. Iván le enseñó a hacerlo despacio, gota a gota, para que no se atragantaran.
Uno chupaba con rabia. El otro apenas abría los ojos.
—Tienen unos diez días —dijo Iván—. Todavía dependen de la madre para todo.
Carmen bajó la mirada hacia las dos criaturas. Sus vientres se movían con respiraciones rápidas. Eran tan frágiles que daba miedo tocarlos.
—Yo también tuve un hijo de siete años —soltó, antes de poder detenerse.
Iván levantó la cabeza.
Carmen no sabía por qué lo había dicho. Quizá porque el llanto pequeño y agudo del cachorro le había abierto una puerta que llevaba tres años cerrando a la fuerza. Quizá porque era 5 de febrero. Quizá porque aquella clínica, aquella luz blanca, aquellas manos corriendo contra el tiempo… todo estaba demasiado cerca de algo que seguía vivo dentro de ella.
—Murió en la carretera —continuó—. Hoy hace tres años.
Iván no dijo nada. Sólo acercó otro taburete y se sentó a su lado, como si entendiera que, a veces, la única ayuda posible era no moverse.
Cuando Lucía salió del quirófano, Carmen supo la respuesta antes de escucharla.
La veterinaria se quitó los guantes. Tenía la frente húmeda y los ojos cansados.
—Lo siento.
Nada más.
Carmen cerró los ojos. El cachorro que sostenía seguía buscando la jeringa con la boca. Afuera, el viento golpeó una persiana metálica.
Lucía se acercó despacio.
—No sufrió al final. Aguantó mucho más de lo que parecía posible. Aguantó por ellos.
Carmen tardó unos segundos en mirar hacia la mesa del fondo, donde la loba yacía cubierta por una sábana hasta el cuello. Incluso inmóvil, parecía seguir protegiendo algo.
—Quiero verla —dijo.
Lucía asintió.
Carmen se acercó con pasos cortos. La loba ya no era una amenaza ni un misterio. Era sólo una madre que había peleado hasta el último latido. Tenía el pelaje húmedo, una oreja rasgada y la boca entreabierta. Carmen dejó una mano suspendida sobre su cabeza y, al final, la apoyó con suavidad entre las orejas.
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