Abrió los ojos.
—¿Sí?
—Sí. Porque me tuviste con el Jesús en la boca creyendo que eras un empleadito cualquiera.
Él soltó una carcajada.
Luego se puso serio.
—Tenía miedo de que no fueras si te decía.
Y esa respuesta me dolió más bonito.
Porque entendí que, en el fondo, él seguía siendo aquel muchacho callado que apretaba la mandíbula cuando algo le importaba demasiado. Había querido proteger la sorpresa… pero también protegerse de que yo, por sentirme poca cosa, me negara a ocupar el lugar que me tocaba.
Le agarré la cara entre las manos.
—Escúchame bien, Sebastián Vargas. Yo podré haber nacido para soñar bajito, pero nunca para sentir vergüenza de ti. ¿Entendiste?
Asintió, con los ojos llenos.
—Sí, ama.
—Y otra cosa.
—¿Qué?
—Ese local lo vamos a trabajar bien. Pero no me vas a salir con que ya no puedo ir a vender porque ahora eres muy fino.
Se rio otra vez.
—Jamás. De hecho, ya mandé hacer delantales con tu nombre.
Yo le pegué suave en el brazo.
—Ay, muchacho…
Esa noche, cuando salimos del edificio, el aire olía distinto. No mejor. Nomás distinto. Como si la ciudad siguiera siendo la misma, pero yo hubiera dejado adentro una versión vieja de mí que ya no alcanzaba para lo que venía.
Sebastián me abrió la puerta del coche —del coche de la empresa, supe entonces— y antes de que me subiera me señaló el reflejo del edificio en el vidrio.
—¿Ves esa oficina del último piso? —preguntó.
—Sí.
—Es la mía.
Yo silbé bajito.
Luego lo volteé a ver y sonreí con todo el cansancio de veinte años volviéndose luz.
—Pues qué bueno, m’ijo. Pero mañana a las cinco vas a ayudarme a sazonar la salsa. Director general y lo que quieras… pero eso no te quita lo Vargas.
Y por primera vez en muchos años, vi a mi hijo reírse como cuando todavía me ayudaba junto a la vaporera.
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