Abrí los ojos.
—Ya no importa —dije finalmente—. Porque ya no los necesito.
Subí al auto.
Encendí el motor.
Y mientras me alejaba, vi por el retrovisor a tres figuras en la puerta de aquella casa que alguna vez fue mi mundo.
Pero ahora…
ya no era más que un recuerdo.
—
Esa noche, al llegar a casa, Valentina me recibió en la puerta.
—Mamá, ¿todo bien? —preguntó.
La miré.
Y por primera vez en años… sentí paz completa.
—Sí —respondí, abrazándola—. Todo está finalmente en su lugar.
Ella sonrió.
Y en ese instante entendí algo que me liberó por completo:
No había perdido una familia aquel día…
solo había dejado espacio para construir una mejor.
FIN
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