La puerta crujió. Y ahí estaba ella.
Ya no quedaba rastro de la mujer de sociedad que usaba joyas caras. Su cabello, antes negro y brillante, estaba lleno de hilos de plata y atado en 1 trenza descuidada. Sus manos, manchadas de barro y ceniza, delataban años de trabajo brutal. Pero fueron sus ojos los que lo paralizaron. No había odio. Había 1 indiferencia más fría que el hielo.
“¿Qué haces aquí, Alejandro?”, preguntó ella, bloqueando la entrada.
Las 1000 disculpas que él había ensayado se esfumaron.
“Necesitaba verte”, susurró él. “Lo estoy perdiendo todo.”
Elena miró el ramo de flores marchitas y soltó 1 risa seca, carente de cualquier alegría.
“Tú no vienes a pedir perdón, Alejandro. Vienes a comprar tu salvación. Pero hay 1 pequeño detalle que ignoras…”, dijo ella, abriendo lentamente la puerta para revelar la oscuridad del interior de la choza. “No tienes ni idea del infierno al que me condenaste.”
Nadie estaba preparado para la escalofriante verdad que estaba a punto de salir a la luz, una que destruiría al millonario para siempre.
PARTE 2
El interior de la choza de adobe golpeó a Alejandro con la fuerza de 1 bofetada. 1 sola habitación funcionaba como cocina, sala y dormitorio. 1 anafre con carbón a medio apagar llenaba el aire con olor a humo y tortillas tostadas. Había 1 catre con cobijas desgastadas y 1 mesa de plástico tambaleante. No había lujos, no había piso de mármol, solo tierra apisonada y dignidad.
“Pasa. Antes de que las vecinas empiecen a murmurar”, dijo Elena, señalando 1 de las 2 sillas descoloridas.
Alejandro se sentó, sintiendo que el aire le faltaba. Su mente de empresario calculador no podía procesar la imagen.
“¿Cómo terminaste viviendo en la miseria?”, preguntó, con la voz quebrada.
Elena cruzó los brazos, apoyándose contra la pared de adobe. “¿De verdad tienes el descaro de preguntar? ¿O solo quieres que te diga que fue mi culpa para que puedas dormir tranquilo en tu cama de seda?”
Él intentó defenderse, pero las palabras se atascaron.
“Cuando me corriste como a 1 perra esa noche”, comenzó Elena, con 1 tono peligrosamente calmado, “intenté buscar trabajo. Pero tú te aseguraste de destruirme. Llamaste a cada contacto, a cada socio en los clubes de golf de Monterrey y la Ciudad de México. Dijiste que yo estaba loca. Que era 1 adicta. Que había intentado robar dinero de tu empresa.”
“Yo estaba furioso… creí que me engañabas…”, balbuceó Alejandro.
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