A.K En el crudo invierno de la sierra minera de Zacatecas, el luto no tenía ningún valor para la Compañía Minera San Álamo. La regla no escrita del pueblo era tan fría como el viento que bajaba del cerro: muerto el minero, fuera la familia. Consuelo recibió el aviso 15 días después de haber enterrado a su esposo Ramón, quien dejó la vida en un derrumbe del tiro San Miguel.
El aviso de desalojo llegó un martes por la mañana. Lo trajo un muchacho de no más de 14 años, temblando, que tocó la puerta con 2 golpes rápidos y entregó el papel sin mirar a los ojos. Consuelo lo abrió en el umbral, con Inés, su bebé de 1 año, cargada en la cadera, y el olor a café de olla impregnado en su rebozo. El documento exigía desocupar la vivienda en 48 horas. Pero lo que destrozó a Consuelo no fue el sello de la mina, sino la firma al calce: Arturo, el hermano de Ramón y nuevo capataz de la cuadrilla.
Su propio cuñado, el hombre que había llorado sobre el ataúd de Ramón, la estaba echando a la calle en la peor helada de los últimos 20 años. Consuelo supo la verdad esa misma tarde por las vecinas: Arturo había movido sus influencias para quedarse con la casa de Ramón y meter ahí a su nueva amante.
Consuelo puso el papel sobre la mesa de madera tallada. Marcos, su hijo mayor de 9 años, que ya cargaba con una seriedad que no le correspondía, preguntó a dónde iban a ir. Consuelo le dijo la verdad: que no lo sabía. Elena, de 7 años, no preguntó nada, solo abrazó sus rodillas frente al anafre. Tomás, de 5 años, preguntó si podían llevarse a El Güero, el gato callejero que dormía bajo su cama. Consuelo asintió, tragándose las lágrimas.
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