PARTE 2
Mateo se quedó paralizado, apretando la chamarra donde descansaban los 2 cachorros. El hombre de la camioneta se acercó a paso firme, sin importar que sus zapatos de diseñador se hundieran en los charcos de la banqueta. Mateo cerró los ojos, esperando lo peor, creyendo que aquel sujeto adinerado venía a lastimar al animal por haber robado algo o causado algún accidente. Pero lo que salió del abrigo del hombre no fue un arma, sino 1 collar con 1 placa dorada.
El hombre, cuyo nombre era Alejandro, cayó de rodillas sobre el asfalto mojado. Sin importarle su traje costoso, abrazó a la perra y rompió en un llanto desgarrador, un sonido tan crudo que hizo eco en la calle vacía. La perra lamió sus lágrimas, moviendo la cola por primera vez en toda la noche.
“Llevo 3 semanas buscándote”, sollozó Alejandro, acariciando la cabeza del animal. “Pensé que te había perdido para siempre”.
Mateo, tiritando de frío y confusión, apenas pudo articular palabra. “¿Es… es suya?”.
Alejandro levantó el rostro, con los ojos inyectados en sangre por el llanto y la falta de sueño. Miró a Mateo de arriba abajo, notando que el anciano estaba en mangas de camisa mientras su única chamarra cubría a los 2 cachorros. La expresión de Alejandro cambió del dolor a la sorpresa, y luego a una profunda indignación moral.
“Ella no es mía”, respondió Alejandro con la voz ronca. “Era de mi hijo, Leo. Él tenía 19 años. Hace exactamente 21 días… Leo falleció en 1 accidente automovilístico. Canela era su adoración. Iba con él en el auto cuando un conductor ebrio los impactó a 120 kilómetros por hora. Mi hijo murió en el hospital horas después, pero Canela sobrevivió y escapó del lugar del choque”.
Mateo sintió un nudo en la garganta. Conocía el dolor de perder a un hijo, aunque el suyo seguía vivo pero muerto en su corazón. Sin embargo, algo no encajaba en la historia. “¿Y por qué estaba en la calle, con 2 crías, a punto de morir de frío?”, preguntó el indigente.
El rostro de Alejandro se endureció, transformando su tristeza en una rabia volcánica. “Porque el monstruo con el que me casé la tiró como basura”, escupió Alejandro, apretando los puños. “Mientras yo estaba en la morgue reconociendo el cuerpo de mi único hijo, mi esposa, Valeria, aprovechó que Canela había regresado a la casa asustada y embarazada. Valeria siempre odió a esta perra por ser mestiza, por no ser de ‘raza pura’ para nuestra mansión. Así que le pagó a 1 de los choferes para que la metiera en 1 costal y la arrojara en esta zona, lejos de nuestra colonia, para que muriera de hambre y yo nunca la encontrara. Quería borrar cualquier rastro de mi hijo para asegurar su lugar en el testamento sin ‘molestias’”.
La revelación cayó como un balde de agua helada. Mateo sintió que la sangre le hervía. Esa misma codicia, esa misma maldad por el dinero y la comodidad, era la que lo había dejado a él durmiendo sobre cartones. Valeria había condenado a 1 perra leal y a sus crías a una muerte segura en medio de 1 tormenta, solo por ambición y crueldad.
De pronto, 1 de los cachorros emitió un gemido extremadamente débil, casi imperceptible. La respiración del animalito se estaba deteniendo.
“¡Se mueren!”, gritó Mateo, olvidando su propia hipotermia.
Alejandro reaccionó de inmediato. “¡Súbanse a la camioneta! ¡Los 3, ahora!”.
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