Sus dedos apretaron el bolso de mano.
—No voy a permitirlo.
Marco guardó silencio un momento.
Pensó en Lucía dibujando mariposas sin saber que su madre se iba. Pensó en lo injusto que era que otra persona decidiera qué historia contaba el mundo sobre tu vida.
Después levantó la vista.
—¿Dónde está su hija ahora?
—En el pasillo. Siempre respira tres veces antes de entrar a un lugar donde no quiere estar. Lo hace desde niña.
La voz de Elena se suavizó apenas.
—Solo necesito que cuando entre vea otra escena. Una distinta. Una donde nadie pueda convertirla en espectáculo.
Marco respiró hondo.
—Si vamos a hacer esto, necesito poder hablar con ella como una persona real. Dígame algo de ella.
Elena sonrió por primera vez, apenas una línea de ternura.
—Le apasiona la arquitectura. Ama el cine viejo. Y cree que ya no existen las librerías buenas.
—¿Y algo que solo una madre sabría?
Elena lo pensó un segundo.
—Cuando está nerviosa, se toca la parte de atrás de la oreja izquierda, como si comprobara que sigue teniendo el arete puesto.
Marco asintió.
—Bien.
Se acomodó en la silla y giró un poco hacia la entrada principal. No necesitó preguntar cómo era Valeria.
En ese momento se abrieron las puertas del salón.
La mujer que entró llevaba un vestido rojo oscuro, del tono del vino tinto a la luz. Más tarde, Marco no lograría explicar con precisión qué fue lo que lo dejó inmóvil en esa primera mirada. No era solo el vestido, aunque era hermoso. No era solo su rostro, sereno y claro, con esa belleza que parece construida a fuerza de carácter y no de vanidad.
Era la forma en que caminaba.
Valeria caminaba como caminan las personas que un día, después de mucho dolor, decidieron dejar de pedir perdón por existir.
Espalda recta. Mentón en alto. Paso firme.
Pero por una fracción de segundo, mientras recorría el salón con la mirada, Marco vio algo más: la búsqueda rápida de un rostro amigo y la preparación íntima para no encontrarlo.
Entonces levantó la mano y la saludó con calma, como si la hubiera estado esperando.
Como si, por supuesto, ella fuera a entrar.
Como si no hubiera otro sitio del salón hacia el cual quisiera mirar.
Valeria se detuvo.
Miró a Marco. Luego a su madre.
Elena le dedicó una sonrisa impecable y palmeó suavemente la silla vacía junto a ellos.
Valeria se acercó.
Marco se puso de pie al verla llegar, sin pensarlo demasiado. Lo hizo por instinto, como su padre siempre se levantaba cuando su madre entraba a un cuarto. Un gesto viejo, sencillo, que él había heredado sin darse cuenta.
—Tú debes ser Marco —dijo ella.
Su voz era más grave de lo que él imaginó, y completamente firme.
—He oído cosas buenas.
—Espero que no hayan exagerado —respondió él.
Valeria soltó una pequeña sonrisa y se sentó. Miró a su madre con una expresión llena de preguntas.
—Te ves preciosa —dijo Elena con naturalidad—. El rojo fue la elección correcta.
—Tú misma me dijiste mil veces que nunca se usa rojo en una boda.
—A veces me equivoco —contestó Elena—. Es raro, pero ocurre.
Marco sintió algo cálido moverse dentro de su pecho al escuchar ese intercambio. La intimidad de las madres y las hijas. La historia compartida comprimida en dos frases.
Les sirvió más té.
—Mi madre dice que eres amigo de Daniel desde la universidad —comentó Valeria.
—Desde hace demasiados años —respondió Marco—. Es una de las pocas personas que a los cuarenta sigue siendo esencialmente la misma que a los veintidós. Y eso me parece tranquilizador.
Valeria inclinó la cabeza.
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