Es mi manera de decir gracias. Gracias. ¿Por qué? preguntó Eliaya, sinceramente perplejo. “Por dejarme entrar”, respondió Ewood, “por escucharme y por recordarme algo que a veces en el mundo en el que yo me muevo se me puede olvidar que la dignidad es el bien más valioso que tiene un hombre y que a veces hay que defenderla a toda costa, incluso levantando un letrero que en el fondo duele tener que poner.” Hizo una pausa y buscó las palabras correctas.
“Mira, Elaya, tú tienes este lugar. Yo tengo estudios de cine, productoras, pero el principio es el mismo. Creas un espacio y ese espacio envía un mensaje. El mensaje de tu abuelo y tu padre era, “Aquí estás a salvo. Es un mensaje hermoso y necesario. Pero, ¿y si el mensaje pudiera ser también aquí y todos son bienvenidos? No para que vengan los blancos a quitarte el espacio, sino para que vean cómo se hace bien las cosas, para que vean el respeto que hay aquí, para que aprendan.” Las palabras de Eastwood flotaban en el aire como humo de tabaco, lentas, penetrantes.
Un cliente más joven, con gafas y un libro medio abierto sobre la mesa, se atrevió a hablar. Lo que usted dice suena bien, señor, pero esto es Alabama. No es una película del oeste donde el forastero llega y arregla todo en 90 minutos. Aquí las cosas cambian muy despacio, si es que cambian. Y a veces intentar cambiarlas demasiado rápido trae problemas. Tienes razón”, concedió Iswood. “No estoy aquí para cambiar a la bama. Estoy aquí hoy en este restaurante.” Y el cambio más grande a veces empieza con la acción más pequeña.
No hablo de quitar el letrero a la fuerza. Hablo de que si algún día un niño blanco o negro pasa por aquí y no ve ese letrero, quizás solo vea un restaurante, un lugar donde la gente come. Y si entra, verá a hombres de diferentes colores conversando, riendo, compartiendo. Ese niño crecerá con una idea diferente a la que tuvimos tú o yo. El hija había estado escuchando. Apoyado ahora contra la barra, el trapo olvidado en la encimera.
se frotó la barbilla pensativamente. Mi abuelo, comenzó a decir, con voz más baja, puso el primer letrero después de que unos hombres blancos vinieran a pegarle una paliza por servir a clientes negros en los años 30. Lo puso para protegernos, para que supieran que este era nuestro lugar. Para mí siempre fue un símbolo de orgullo, de resistencia. Nunca lo vi como algo que dividiera. Lo vi como algo que nos unía a nosotros. Y lo hizo afirmó Clint.
Cumplió su propósito, pero los tiempos, aunque lentos, cambian. El muro que te protege de un enemigo también te impide ver el horizonte. Quizás el enemigo ya no está afuera esperando. Quizás el enemigo de ahora es la idea de que tenemos que seguir viviendo separados. En ese momento, Bruce Surties, que había permanecido en silencio, se acercó. Clint, quizás deberíamos. Iswood levantó una mano deteniéndolo suavemente. Su atención seguía centrada en ela. No voy a pedirte que hagas nada. Es tu casa.
Solo te cuento lo que veo desde mi asiento. Veo un local limpio. Veo a un hombre que cuida su negocio con orgullo. Veo clientes que te respetan. Y veo un letrero en la puerta que le dice al mundo que aquí hay una línea que no se puede cruzar. Yo hoy la crucé y me recibiste con desconfianza, pero con educación. No me echaste a patadas. Me explicaste tus reglas. Eso dice más de ti que cualquier letrero. Ella miró a su alrededor.
Vio las caras de sus clientes habituales, hombres que confiaban en él, que consideraban el rincón una extensión de sus hogares. Vio la mirada del hombre mayor que asentía casi imperceptiblemente. Vio al joven con el libro que observaba a Ecewood con admiración. Respiró hondo, un sonido áspero y cargado de historia. Sin decir una palabra, caminó lentamente desde detrás de la barra. El crujido de las tablas del suelo bajo sus pies fue el único sonido. Se dirigió no a la puerta, sino a una pequeña vitrina cercana a la caja registradora.
Dentro, entre fotos en blanco y negro y algún trofeo de bolos, había una fotografía antigua enmarcada de su abuelo Franklin delante del restaurante. Eliya la contempló por un largo momento. Luego, volviéndose hacia Ewood, dijo, “Mi abuelo era un hombre de principios, duro como una roca.” Pero también decía que un principio que hace sufrir a tu gente sin necesidad, quizás es un principio que hay que replantearse. Caminó entonces hacia la puerta. Todos los presentes contuvieron la respiración. Elia Franklin se detuvo frente al letrero.
Solo para Colored, extendió la mano y con un movimiento firme, pero no violento, descolgó el letrero de su clavo. Lo sostuvo frente a sí, como si pesara mucho más que la madera y la pintura de las que estaba hecho. Luego, en lugar de romperlo o tirarlo, lo volvió a colocar en el clavo, pero esta vez del revés, de modo que solo se veía la parte de atrás, desnuda y sin mensaje, se volvió para enfrentarse a la sala.
Leave a Comment