PARTE 1: La mujer en la cerca
Don Francisco “Pancho” Villaseñor despertó antes de que cantaran los gallos, como lo había hecho durante más de cuarenta años. A sus cincuenta y tres, vivía solo en la hacienda La Esperanza, en un rincón verde de Jalisco, rodeado de potreros, árboles de guayaba y un silencio tan grande que a veces parecía otro habitante de la casa.
Desde que su esposa, Rosario, murió de cáncer doce años atrás, don Pancho había dejado de esperar sorpresas buenas. Su vida se había vuelto simple: revisar el ganado, alimentar los caballos, arreglar cercas, tomar café solo en el corredor y acostarse temprano.
Pero aquella mañana de diciembre, mientras cabalgaba hacia el potrero norte, vio algo que lo hizo detenerse en seco.
Junto a la cerca vieja que dividía su terreno de un campo abandonado, había una joven tirada en el suelo. Una pierna estaba atrapada entre dos tablas podridas. Su vestido claro estaba roto, manchado de lodo, y su cabello castaño le cubría parte del rostro.
Pero eso no fue lo más extraño.
A un lado de ella, bajo la sombra de un mezquite, había una canasta de mimbre. Dentro dormía un bebé envuelto en una manta azul. Y junto a la canasta, como dos guardianes silenciosos, estaban dos capibaras adultas.
Don Pancho parpadeó, creyendo que la soledad por fin le estaba jugando una mala pasada.
—Dios santo… —murmuró, bajando del caballo.
Las capibaras lo miraron con desconfianza. Una de ellas se colocó frente a la canasta, como si entendiera que aquel niño necesitaba protección.
—Tranquilas —dijo don Pancho en voz baja—. No vengo a hacerles daño.
La joven gimió. Abrió los ojos con dificultad y al ver a don Pancho intentó moverse, pero el dolor la hizo gritar.
—¡No, por favor! ¡No me lleve de regreso!
—Nadie la va a llevar a ningún lado, muchacha. Soy el dueño de esta hacienda. La voy a ayudar.
Ella respiraba rápido, desesperada.
—Mi hijo… ¿mi bebé está bien?
Don Pancho miró la canasta.
—Está dormido como angelito. Y parece que tuvo buenas guardianas toda la noche.
La joven volteó hacia las capibaras y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Santi…
Con cuidado, don Pancho aflojó las tablas viejas hasta liberar la pierna. La muchacha tenía heridas, golpes y fiebre, pero por fortuna no parecía tener nada roto.
—¿Cómo se llama?
—Jimena —respondió ella apenas—. Jimena Robles.
—Yo soy Francisco Villaseñor, pero todos me dicen don Pancho. ¿Qué le pasó, Jimena?
Ella tomó la canasta con manos temblorosas.
—Estaba huyendo. Caminé toda la noche. Empezó a llover y me refugié aquí. Me quedé dormida junto a la cerca. Cuando desperté, ya no pude sacar la pierna.
—¿Huyendo de quién?
Jimena bajó la mirada.
—Es mejor que usted no lo sepa.
Don Pancho la observó. Había visto animales asustados, caballos golpeados, perros abandonados. Reconocía el miedo cuando lo tenía enfrente. Y aquella mujer no estaba inventando nada.
—Necesita un médico.
—No —dijo ella, con terror—. No puedo ir a una clínica. Si me registran, me van a encontrar.
Don Pancho apretó la mandíbula.
—Entonces vendrá conmigo a la casa. Se limpia, come algo, descansa y luego vemos qué hacer.
Jimena lo miró como si no entendiera esa bondad.
—¿Dejaría entrar a una extraña con un bebé?
—Mi madre decía que cuando Dios pone a alguien en tu camino, no es para que lo rodees, sino para que lo ayudes.
Jimena no respondió. Solo abrazó a su hijo.
Las dos capibaras los siguieron unos metros, caminando despacio, hasta que don Pancho y Jimena llegaron al sendero de la casa. Luego se quedaron quietas, viendo cómo la madre y el bebé se alejaban, como si su trabajo hubiera terminado.
En la hacienda, don Pancho preparó café, calentó agua y buscó ropa que había sido de Rosario. Cuando Jimena apareció más tarde en la cocina, limpia, con el bebé en brazos y un vestido sencillo de flores, parecía otra persona, aunque el miedo seguía viviendo en sus ojos.
—Tiene derecho a saber algo —dijo ella al fin—. Mis padres querían obligarme a casarme con un hombre poderoso de Guadalajara. Se llama Esteban Arriaga. Tiene dinero, abogados, contactos… y cree que puede comprarlo todo.
—¿Y el niño?
—Santi no es suyo. Es de una relación anterior. Pero Esteban decía que eso era mejor, porque así tendría un hijo sin esperar.
Don Pancho sintió la sangre hervir.
—Eso no es un hombre. Eso es un cobarde con dinero.
Jimena soltó una risa amarga.
—Mi papá le debe mucho dinero. Querían pagar la deuda conmigo.
—¿Usted es mayor de edad?
—Tengo veintiséis.
—Entonces nadie puede obligarla a casarse.
Jimena lo miró con tristeza.
—Eso dice la ley. Pero los hombres como Esteban creen que la ley se dobla cuando tienen suficiente dinero.
Don Pancho guardó silencio unos segundos.
—¿Sabe hacer algo de campo?
—Soy veterinaria. O casi. Me faltaba terminar la residencia cuando todo esto empezó.
Por primera vez, don Pancho sonrió.
—Entonces llegó al lugar correcto. Esta hacienda tiene más animales que personas, y todos necesitan a alguien que los entienda.
Jimena miró a Santi, luego a la casa.
—No quiero causarle problemas.
—Los problemas ya llegaron a usted. Yo solo decidí no dejarla sola con ellos.
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