Un magnate adinerado atropelló con su coche a una joven barrendera huérfana. Mientras esperaban la ambulancia, le propuso matrimonio.

Un magnate adinerado atropelló con su coche a una joven barrendera huérfana. Mientras esperaban la ambulancia, le propuso matrimonio.

Un magnate adinerado atropelló con su coche a una joven barrendera huérfana. Mientras esperaban la ambulancia, le propuso matrimonio.

El golpe contra el cofre negro del coche sonó como si el mundo se partiera en dos.

Camila Torres cayó sobre el pavimento mojado, con la escoba todavía entre los dedos y el chaleco reflejante torcido sobre el pecho. Durante unos segundos no sintió dolor, solo el frío de la lluvia de la Ciudad de México metiéndosele por la ropa de trabajo.

Luego oyó una puerta abrirse de golpe.

—¡Señorita! ¿Me escucha?

Un hombre alto, de traje oscuro, bajó de una camioneta blindada. No parecía de ese barrio. No pertenecía a esas calles llenas de baches, puestos cerrados y bolsas de basura amontonadas junto a la banqueta. Su reloj brillaba más que los focos rotos de la avenida.

Camila intentó levantarse, pero la rodilla le ardió como fuego.

—No llame a la policía —suplicó, al ver que él sacaba el teléfono—. Por favor, no.

El hombre se quedó inmóvil.

—La acabo de atropellar. Necesita una ambulancia.

—Si viene la policía, me corren. Si me corren, pierdo el cuarto donde vivo con mi hija. Y si pierdo ese cuarto… me la quitan.

La voz se le quebró.

Camila tenía veintinueve años, pero esa noche parecía mucho mayor. Era huérfana desde hacía tres meses. Su madre, antes de morir, le había dejado algo peor que una casa vacía: una deuda con prestamistas que no perdonaban. Esa misma tarde la habían llamado.

“Si mañana al mediodía no pagas ochocientos mil pesos, sacamos a tu niña a la calle y contigo hablamos de otra forma.”

Su hija Sofía, de cinco años, estaba enferma en el cuartito de servicio donde vivían, con fiebre alta y sin medicinas suficientes. Camila llevaba dos días sin comer para comprarle caldo y paracetamol.

El hombre la miró con atención. Sus ojos, fríos al principio, cambiaron de golpe.

—¿Cuánto debes?

Camila soltó una risa amarga.

—No es problema suyo.

—Ahora sí lo es. ¿Cuánto?

—Ochocientos mil pesos.

Él ni siquiera parpadeó.

—Yo pago esa deuda esta noche.

Camila pensó que no había entendido.

—¿Qué?

—Pero necesito algo a cambio.

Ella se tensó.

—No soy esa clase de mujer.

El hombre bajó la mirada, como si aquella respuesta lo hubiera golpeado más que cualquier insulto.

—No le estoy pidiendo eso. Me llamo Alejandro del Monte. Esta noche mi familia celebra el aniversario de la empresa. Mi madre quiere obligarme a comprometerme con una mujer que no amo, una socia de negocios. Necesito presentarme con una prometida. Solo por unas horas. Usted entra conmigo, cena, sonríe, y después su deuda desaparece.

Camila lo miró como si estuviera loco.

—Míreme. Soy barrendera.

—Esta noche no.

—Mi hija está enferma.

Alejandro hizo una llamada. Su voz cambió, se volvió firme, acostumbrada a mandar.

—Doctor Herrera, necesito un pediatra en esta dirección. Ahora. Niña de cinco años con fiebre. Mande enfermera para toda la noche. Todo a mi cuenta.

Camila dejó de respirar.

Media hora después, el médico le habló desde el teléfono de Alejandro.

—Señora Camila, su hija está estable. Ya le bajamos la fiebre. La enfermera se quedará con ella. Puede estar tranquila.

Camila cerró los ojos y lloró en silencio.

—¿Acepta? —preguntó Alejandro.

Ella miró su rodilla sangrando, su uniforme sucio, sus manos agrietadas.

—Nadie va a creer que soy su prometida.

—Ese será problema mío.

Una hora después, Camila estaba en una boutique de Polanco. Apenas cruzó la puerta, una vendedora la miró de arriba abajo con desprecio.

—Disculpe, señora, la entrada de servicio está por atrás.

Camila quiso desaparecer.

Alejandro, que estaba detrás de ella, habló sin levantar la voz.

—Va a atenderla como si fuera la clienta más importante que ha entrado aquí. Y si vuelve a mirarla así, mañana usted no trabaja ni en esta tienda ni en ninguna otra de esta cadena.

La vendedora palideció.

Camila fue llevada a un probador enorme. Le lavaron el rostro, le arreglaron el cabello castaño en un recogido elegante y le dieron un vestido verde esmeralda, sencillo y perfecto. Cuando salió, Alejandro dejó de mirar su teléfono.

Por primera vez en toda la noche, él perdió el control de su expresión.

Camila no parecía una mujer disfrazada. Parecía alguien a quien la vida había cubierto de polvo, pero no había logrado borrar.

—¿Sirvo para su teatro? —preguntó ella, intentando sonar dura.

Alejandro le ofreció el brazo.

—Más de lo que imagina.

La cena era en una hacienda restaurada en San Ángel. Había empresarios, políticos, periodistas y mujeres con joyas que valían más que el edificio donde vivía Camila. En la mesa principal estaba Elena del Monte, madre de Alejandro, impecable, rígida, con una sonrisa que cortaba como vidrio. A su lado, Regina Larios, la mujer que todos esperaban que fuera la futura esposa de Alejandro.

Regina miró a Camila y sonrió.

—Qué interesante. Alejandro nunca nos dijo que tenía novia. ¿A qué te dedicas, Camila?

Ella sintió que la garganta se le cerraba. Alejandro iba a responder, pero Camila lo detuvo con un roce de dedos.

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