Andrea supo que algo estaba mal antes de cruzar la puerta.
No fue el silencio de la casa, aunque aquella tarde el silencio parecía más pesado que otras veces. No fue el plato intacto sobre la mesa, ni la silla caída junto a la cocina. Fue el olor. Un olor metálico, amargo, imposible de confundir incluso para alguien que nunca había visto la muerte tan de cerca.
Empujó la puerta con el hombro y la bolsa de pan se le resbaló de las manos.
Fernando estaba en el suelo.
Su esposo, el hombre que durante veinte años había vuelto a casa con la camisa empapada de sudor y una sonrisa cansada, se retorcía sobre las baldosas, con las manos arañando el piso y la boca manchada de sangre oscura. Andrea gritó su nombre, pero él apenas pudo girar los ojos hacia ella. No había en su mirada solo dolor. Había terror. Un terror urgente, desesperado, como si quisiera decirle algo antes de que fuera demasiado tarde.
—Fernando, amor, mírame… ya llamo a la ambulancia.
Pero sus dedos temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono. Mientras hablaba con emergencias, sostuvo la cabeza de su esposo contra su pecho. Él apretó su brazo con una fuerza que no sabía de dónde sacaba. Movió los labios.
Andrea acercó el oído.
No escuchó palabras. Solo un gorgoteo horrible, un intento roto de advertencia, y después una última sacudida que le partió la vida en dos.
Cuando llegaron los paramédicos, Fernando ya no respiraba. Andrea seguía abrazándolo, meciéndolo como si pudiera convencerlo de regresar.
El funeral fue tres días después, aunque a Andrea le pareció una ceremonia ajena, fría, casi clandestina. Mario Sánchez, el dueño del rancho donde Fernando había trabajado media vida, no apareció. Envió una corona costosa con una tarjeta seca, sin alma. Los trabajadores entraron de prisa, murmuraron condolencias sin mirarla a los ojos y se marcharon como si estar allí los pusiera en peligro.
Solo Lucía, la cocinera del rancho, se atrevió a sentarse junto a ella. Le tomó la mano con fuerza y, antes de irse, le susurró:
—Ten cuidado.
Andrea quiso preguntarle de qué, pero Lucía ya se alejaba mirando hacia la puerta, pálida como quien acaba de firmar una sentencia.
Tres días después del entierro, Mario apareció en la casa donde Andrea y Fernando habían vivido siempre. No vino solo. Dos hombres enormes lo acompañaban.
—Tiene hasta mañana para desalojar —dijo sin quitarse los lentes oscuros—. La vivienda era parte del trabajo de su esposo. Su esposo ya no trabaja aquí.
Andrea sintió que la rabia le subía a la garganta.
—Mi esposo murió hace tres días. Le entregó veinte años de su vida.
Mario se encogió de hombros.
—Era un empleado.
Luego dejó unas llaves oxidadas sobre la mesa.
—Tengo una propiedad vieja a dos horas. Puede quedarse ahí. O puede irse a donde quiera.
El “rancho” era una ruina. La casa no tenía techo completo, las paredes estaban rajadas, las ventanas eran huecos negros. La maleza se tragaba el patio y el corral estaba vencido por el abandono. Allí, bajo el sol, había un caballo viejo, flaco, con el pelaje opaco y las costillas marcadas.
—También se lo dejo —dijo Mario con una sonrisa cruel—. Iba a mandarlo sacrificar.
Cuando la camioneta se perdió entre el polvo, Andrea quedó sola frente a la casa destruida, con una maleta, una viudez recién estrenada y un caballo que la observaba con ojos demasiado humanos.
La primera noche lloró hasta quedarse sin lágrimas. Afuera, el caballo relinchó suavemente. Andrea salió envuelta en frío y se acercó al corral.
—Tú y yo somos lo mismo, ¿verdad? —murmuró, acariciándole el cuello—. Dos cosas viejas que ya nadie quiere.
El animal inclinó la cabeza y la dejó abrazarlo. Andrea lloró contra su piel tibia, sintiendo por primera vez desde la muerte de Fernando que algo vivo la sostenía.
A la mañana siguiente, el caballo desapareció.
Andrea lo buscó desesperada. Era absurdo, lo sabía, pero aquel animal era lo único que le quedaba en ese lugar muerto. Regresó horas después, sudado, con barro en las patas y ramas de sauce en la cola. Andrea reconoció aquellas ramas porque Fernando le había enseñado que los sauces crecían cerca del agua.
Durante tres días ocurrió lo mismo. El caballo salía al amanecer y regresaba agotado, siempre con barro, siempre con esas ramas. Al cuarto día, Andrea lo siguió.
El camino la llevó por un sendero de piedras, entre cerros secos, hasta un valle escondido donde corría un arroyo limpio. El caballo bebió, luego caminó hacia unas rocas y comenzó a escarbar con los cascos. Andrea se arrodilló y apartó la tierra con las manos hasta que sus dedos tocaron metal.
Era una cantimplora.
La limpió con la manga y sintió que el aire le faltaba. En un costado estaba grabado el nombre de Fernando.
La abrió. Un olor agrio, químico, mezclado con aguardiente, le revolvió el estómago. Fernando nunca bebía alcohol. Nunca. Decía que su padre se había destruido por la bebida y él había jurado no tocar una gota.
Andrea miró al caballo.
—Tú viste quién la enterró, ¿verdad?
El animal no respondió, pero sus ojos parecían saberlo todo.
Leave a Comment