Cuando Vicente Cavada regresó a su mansión a las 2 de la madrugada con sangre seca en el puño de la camisa y un nudillo morado, esperaba encontrar lo único que el dinero, el miedo y los años de violencia siempre le habían comprado: silencio.
En lugar de eso, oyó el llanto de un bebé.
No era un llanto fuerte ni caprichoso. Era fino, roto, casi ahogado. Un sonido que hacía que el aire de la casa pareciera enfermo. Vicente se quedó quieto bajo la lámpara gigantesca del vestíbulo de su residencia en San Pedro Garza García, escuchando mientras el viento frío golpeaba los ventanales. El mármol pulido le devolvía el reflejo de su rostro duro, la mandíbula apretada, los ojos de hombre acostumbrado a que todos retrocedieran antes de que él hablara.
El llanto volvió a escucharse.
Venía de abajo.
Una mano fue instintivamente a la pistola escondida en su espalda.
—Revisen el perímetro otra vez —ordenó a los 2 hombres que lo habían acompañado—. Después lárguense.
—Jefe, por si acaso…
—Dije que se larguen.
Obedecieron sin discutir. Los hombres de Vicente sabían que él nunca repetía una orden a menos que estuviera a punto de romperle algo a alguien.
Ya solo, se aflojó la corbata, avanzó hasta la cocina, sirvió un poco de whisky en un vaso de cristal y no lo probó. El llanto llegó otra vez, apagado por el rumor de las máquinas de lavado del sótano. Entrecerró los ojos. Nadie sin autorización permanecía en su casa. Ni invitados, ni empleados, ni sombras.
Bajó por la escalera de servicio, estrecha y oculta detrás de los paneles de madera. Cruzó el cuarto de lavado, el pasillo de herramientas y llegó a la zona más olvidada del sótano, donde incluso el ama de llaves iba solo cuando era indispensable. Al final del corredor había una antigua puerta reforzada. El llanto venía de ahí.
Vicente giró la manija, abrió de golpe y encendió la luz.
Los focos parpadearon con una blancura rabiosa y revelaron un cuarto helado, estantes oxidados, cajas cubiertas con lonas y, en un rincón, una muchacha acurrucada sobre el piso con uniforme de limpieza, abrazando a un bebé envuelto en un abrigo viejo.
La joven levantó la cara de golpe. Tenía el cabello revuelto, la piel pálida por el frío y el cansancio, y unos ojos abiertos por un terror tan puro que, por un segundo extraño, Vicente olvidó el almacén de Escobedo, las armas, el mensaje sangriento que acababa de enviar y los hombres que había dejado tirados entre cajas rotas.
La reconoció vagamente.
La muchacha callada.
La que trapeaba sin mirar a nadie.
La que la administradora había descrito como temporal.
—Señor Cavada… —murmuró ella, con la voz quebrada—. Por favor. Por favor, no le haga daño.
Se dobló sobre el niño como si creyera de verdad que él había bajado a rematar a un bebé de 6 meses.
Vicente la miró sin pestañear. Las mejillas del niño estaban demasiado rojas, la frente mojada, la respiración agitada. El cuarto era un congelador.
—Levántate —dijo él.
Ella no se movió.
—Por favor —susurró—. Me iba a ir. Solo necesitaba una noche más. Se enfermó y no tenía a dónde llevarlo.
Vicente se agachó frente a ella.
—Mírame.
La joven obedeció apenas.
—¿Desde cuándo tiene fiebre?
—Desde la tarde.
—¿Llamaste a un médico?
Ella bajó la mirada, tragándose la vergüenza.
—No pude.
La respuesta le bastó. Vicente extendió los brazos.
—Dámelo.
—No.
La negativa le salió rápida, desnuda, animal.
Vicente no la apartó con brusquedad. Nunca con un bebé. Metió un brazo debajo del pequeño y lo levantó con una facilidad que a ella misma pareció desconcertarla. El calor del niño le golpeó la piel. Era una fiebre seria. Demasiado alta para una madrugada como esa.
Había sostenido pistolas más veces de las que había sostenido niños. Sabía borrar manchas de sangre de un asiento de piel italiana, sabía cerrar negociaciones con una sola mirada, sabía exactamente cuántos favores le debía medio Monterrey. Pero ese peso pequeño y ardiendo en sus brazos lo desarmó de una forma que ninguna bala había logrado.
—Ponte de pie —repitió.
Esta vez ella obedeció, tambaleándose.
—¿Cómo te llamas?
—Helena.
—¿Y él?
—Teo.
Vicente se dio la vuelta y salió del cuarto. Ella lo siguió con la desesperación de una madre que no sabe si la están salvando o condenando. En lugar de llevarlos al ala del servicio, él subió a la zona privada de la casa, la parte a la que solo entraban la sangre o los invitados elegidos. Helena dudaba ante cada umbral como si temiera ensuciarlo todo con solo respirar.
Vicente dejó a Teo sobre la cama de una suite enorme, encendió la chimenea y tomó el intercomunicador.
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