Ciudad de México lo recibió con humo, ruido y una sensación brutal de pequeñez. Mateo llegó con 2 maletas, la lonchera de su casa y la nota de Héctor guardada en la cartera como si fuera una estampita. Muy pronto entendió que en la universidad nadie lo iba a compadecer por venir de un pueblo pobre. Allí no importaba de dónde saliera, sino cuánto aguantaba sin romperse.

Sus compañeros hablaban con seguridad, citaban autores como si hubieran nacido entre bibliotecas y proponían cafés caros con una naturalidad que a él le parecía ofensiva. Mateo trabajó desde el primer semestre acomodando libros en la biblioteca, dando asesorías por las tardes y sirviendo café los fines de semana cerca de la terminal. Aprendió a estudiar con sueño, a escribir ensayos a las 2 de la madrugada y a callarse el hambre cuando el dinero no alcanzaba. Cada mes llegaba un sobre pequeño con 20, 30 o 50 pesos doblados con esmero y una sola frase escrita con la letra chueca de Héctor: para la comida, no te la saltes. Mateo llamaba furioso, le pedía que dejara de mandar dinero, pero Héctor se negaba con una firmeza tranquila, diciendo que no podía darle contactos, apellidos importantes ni comodidad, pero sí podía asegurarse de que comiera. En los regresos a San Jacinto, Mateo notaba el deterioro del hombre que lo había levantado: la espalda más vencida, las manos hinchadas, el gesto breve de dolor al sentarse. Una noche lo oyó decirle a Elena en la cocina que todo valía la pena, y esa frase lo persiguió como una deuda sagrada. En la universidad se volvió feroz.
No era el más ruidoso, pero sí el más terco. Leía todo, preguntaba lo incómodo, escribía como si cada página pudiera cambiarle la vida. Ganó una beca, luego otra, y más tarde fue aceptado en el doctorado. Sin embargo, cuanto más avanzaba, más sentía que estaba caminando sobre el sacrificio de Héctor. Cuando el miedo lo reventaba por dentro, no llamaba a nadie más: lo llamaba a él. Héctor nunca endulzaba nada; si Mateo decía que tenía terror, él contestaba que entonces tendría que hacerlo con terror, porque el valor no era ausencia de miedo sino cumplir aunque las piernas temblaran. Esa brutal sencillez lo sostuvo durante los años más duros de la investigación, las correcciones, la falta de dinero y la sospecha constante de no pertenecer. Un día, Elena le mandó una foto de Héctor arreglando una cerca rota para que no se salieran las gallinas; debajo escribió que él había dicho que siguiera trabajando, porque las puertas no se abrían solas. Mateo imprimió la foto y la pegó encima del escritorio. Cuando por fin le dieron fecha para defender su tesis, cerca de Navidad, Elena lloró al teléfono y Héctor solo preguntó qué día era. Mateo intentó disuadirlo, recordándole que odiaba las ciudades y que el viaje sería pesado, pero Héctor respondió que odiaba las ciudades cuando estaba solo, no cuando iba a ver a su hijo convertirse en doctor. Llegó 2 días antes con un traje prestado y unos zapatos demasiado brillosos que le daban vergüenza. La mañana de la defensa se sentó en la última fila, tieso de dolor y orgullo, sin apartar los ojos de Mateo ni un segundo. Todo salió bien. La sala aplaudió. Los profesores felicitaron. Mateo bajó del estrado con el corazón desbordado y caminó directo hacia el fondo, hasta ese hombre callado que parecía fuera de lugar en medio de tanto prestigio. Héctor le apretó el hombro y dijo que él había hecho los libros y que él apenas había sostenido la escalera. Mateo estaba a punto de romperse cuando una voz grave, respetada por todos en la facultad, sonó detrás de ellos preguntando con incredulidad si ese hombre era, por casualidad, Héctor Mendoza.
…La parte 3 continúa en los comentarios, ¡no se la pierdan!
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